Recuerdo el primero, hará unos seis meses, allí estaba el muy cabrón paseándose por mi sala, muy campante. No lo reconocí al primer momento, pero un instante después, antes de que yo sacara mi arma, volteó y me sonrió, pero no era una sonrisa normal, no. Era de burla, de venganza fría. Era Pepe. Vi el orificio de bala en su pómulo izquierdo, la misma bala que le metí hace cuatro años. La misma bala que lo mató.
Claro que me asusté. Culpé a mi cerebro, una alucinación, al alcohol, a la mota, a las luces que entraban por la ventana, a lo que fuera. Pero allí seguía, hasta movía sus labios como queriéndome decir algo. En mi inmovilidad intenté escuchar algo: “Siento caliente la cara”, me decía, “de este lado, y como que me escurre agua, o no sé qué por la mejilla”.
Salí corriendo, bajé las escaleras del edificio en tres segundos, y seguí corriendo por la calle hasta que el cansancio me detuvo. Intenté calmarme, en vano.
Me instalé en casa de mi madre por unos días. “Por no ir a misa” me decía. La muy santa no sabía a qué me dedicaba. En ese barrio conocí a Laurita, una vecinita muy bien. Me ayudó a distraerme.
Una Tarde regresé al departamento. Antes de abrir la puerta escuché música, corridos norteños. Entré y vi bailando a los hermanos Larios, a los tres. Se estaban tomando mis botellas de Tequila. Igual que hace tres años en su casa de campo, solo faltaban las pirujas. “Pásale, carajo, chíngate un trago”. “No, gracias” les dije, miré el charco de sangre que cubría el piso de la sala y me retiré.
Laura me recomendó ir con un psicólogo. También me insinuó un exorcismo. No me ayudó en nada. Por mis destos decidí regresar al departamento.
Allí estaban Pepe y los Larios, cada cual en lo suyo. El primero se tocaba su mejilla y los otros seguían bailando, muy campantes. Entré a mi habitación y en mi cama estaban teniendo sexo Don Jorge y su querida, ella se quejaba de un dolor que le entraba por la espalda y le salía por el seno, él decía que se había quedado ciego del ojo derecho. Ninguno de los dos notó la sangre. Me metí a bañar, no sin antes batallar para sacar al Cholo, que se veía en el espejo; extrañado se tocaba una mancha roja a la altura del corazón.
Cuando salí de la ducha, aquello, mi departamento, era una multitud. Allí estaban todos, paseándose como Juan en su casa, que a propósito me pidió unas aspirinas para el dolor de cabeza; recordé los tubazos que le metí en el cerebro hace unos meses. No faltaba ninguno. Saqué una colchoneta del armario y me acosté en la terraza. No dormí. A cada rato me pedían cosas, me invitaban a la pachanga, o simplemente se quejaban… en mi oído.
No pasó mucho tiempo para que Laurita notara que esto era serio. Trataba de distraerme, de hacerme sentir bien. Me invitaba al cine, a un restaurante, a lo que fuera con tal de no pensar en mis fantasmas. Ayer me llamó para invitarme a una fiesta, me prometió que sería la mejor fiesta que jamás hubiera asistido. Me rehusé a la invitación ya que a dicho festejo asistirían algunas personas a las que yo les debía ciertos muertitos. Eran parientes, hijos, cónyuges amigos o padres de mis fantasmas particulares.
Apenas es mediodía y ya no soporto a mis “invitados”. He decidido llamarle a Laurita; he decidido dejar a mis fantasmas Quiero ser el fantasma de alguien más.
─Sí, bueno. Hola Laura, ¿Dónde es la fiesta que me prometiste?
Carlos Martin, el Director
Marzo 2004
Nostalgias cadavéricas
domingo, 22 de febrero de 2009 | Publicado por Rich en 1:57 a. m. 8 comentarios
Etiquetas: El Bipolar, El regreso de los muertos
Ganga de Temporada
Cambio desparpajo femenino, por rengo de manicomio,
vestimenta de payaso, por traje de animal
Cambio memoria, por amnesia, remiendo por ficción.
Cambio sexo incongruente y después la incertidumbre del otro
por un poema o una palabra de amor
Cambio lirismo pegajoso, por digestión lenta,
pedazo de enfermo por “lo bien que se te ve”.
Cambio de estar muerta por Vivir
sábado, 21 de febrero de 2009 | Publicado por Rich en 12:01 a. m. 7 comentarios
Etiquetas: El regreso de los muertos, Jolie
Zombies, Inc.
No tenemos vida propia
hemos sido reanimados
No vemos la luz del día
trabajamos de sol a sol
Somos todos difrentes
en varios tonos de verde
pues nos ilumina
¡pura luz fluorecente!
Estamos enterrados
en cientos de requerimientos
y los dos centavos que ganamos
¡nos tienen bien contentos!
Nos comemos los cerebros
de los nuevos internos
Trabajamos en corporaciones
esto no es vida ¡somos zombies!
viernes, 20 de febrero de 2009 | Publicado por Rich en 9:08 p. m. 10 comentarios
Etiquetas: El regreso de los muertos, Générique
Coexistencia
Como siempre, a la cuarta caguama, empecé a despotricar en contra de ellos… sé que siempre lo hago aunque la impresión del holocausto zombie pasó hace un chingo. Ahora nos hemos acostumbrado a verlos deambular por donde sea, con sus brazos levantados, con esa peste a tierra húmeda y carne putrefacta que solo ellos tienen. Por mí no hay pedo, de verdad que no, soy una persona tolerante y de mente abierta pero lo que en verdad me caga es que causan un pinche tráfico de mierda, se les rompen los brazos con la madre esa de los cambios o se les cae un ojo en un semáforo y ahí vienen los accidentes y nadie hace nada.
Mi tía Servanda (la rata de iglesia) decía que era un castigo divino por tanto pecador caminando por la calle, por tantos hombres y mujeres que hacían caso omiso de la ley de Dios y también por tanto político corrupto. Mñeh, algún pendejo con un cóctel de virus, esporas multiformes, magia negra y un pinche desprecio por la humanidad (o necrofílico el puto) nos trajo la vida después de la muerte aquí en la tierra.
Es una reverenda mamada. Da Vinci decía que una vida bien usada te llevaba a una dulce muerte, y conozco muchas personas que vivieron de acuerdo a esa premisa para disfrutar incluso en su última morada, pero se encuentran con que, cuando su cuerpo se hincha y desecha todos los fluidos esos tan bonitos que guardamos y su carne cambia de color, a su cuerpo regresa una compulsión más grande que el descanso eterno y salen de sus tumbas. Por eso a veces ni los entierran, nomás les avientan un pinche trapo encima y les sacan la vuelta, le han quitado el misticismo y respeto a la muerte, lo trivializaron a más no poder. Me acuerdo que cuando se murió mi primo Cosme, lo treparon en una mesa de billar y se cagaron de la risa cuando el vato despertó a los seis días oliendo aún a tequila y marihuana y sin saber donde estaba.
Ya me encabroné. Además, mi hija la Cuquita se la ha pasado llorando toda la semana porque el pendejo de su vato la dejó por una morra que se mató en un accidente automovilístico el mes pasado. Hablé con él después de que mi niña quiso cortarse las venas para ser también zombie y recuperarlo (vieja tenía que ser la babosa); quería que me contara que se siente que en verdad se le salgan los ojos a la morra cada vez que se la mete... ah, y claro, si es mejor que mi niña que late por todas partes.
Aparte ya empezaron a aumentar los impuestos para la cría de humanos en invernaderos para que se alimenten de ellos porque quesquelos cerebros hidropónicos no saben igual. Que la chingada, ni siquiera redondeo mis pagos y ahora resulta que tengo que dar una lana extra para que el pendejo de mi vecino no venga en la noche a meterme un popote en la oreja y me absorba lo que tenga dentro o se coma a mis hijos antes de la cena.
Yo digo que va contra la naturaleza que humanos y zombies compartamos los mismos espacios. Debemos darles descanso eterno.
jueves, 19 de febrero de 2009 | Publicado por Rich en 9:25 a. m. 14 comentarios
Etiquetas: El regreso de los muertos, Pinche vieja
El esclavo
-Mamá. -La pequeña María se acercó a Sonia con timidez y con los ojos enrojecidos, llorosos.
Sonia que colgaba en su patio trasero la ropa recién lavada escuchó a su hija hablar tras de ella, el calor selvático la agotaba hasta el tedio e incluso la labor de madre a veces le era demasiado, pero volteó paciente y preguntó. -¿Qué pasa?, ¿qué tienes?.
-Ayer vino mi papá en la noche a verme. -Contestó la niña con voz triste.
Sonia se agachó enternecida por la expresión de su hija y mostrándole una tribulada sonrisa le acarició la cara y después la abrazó. -Lo extrañas mucho, ¿verdad?.
La pequeñá asintió con la cabeza y los ojos bajos.
-Te hace falta tiempo m'ija. No te sientas mal por extrañarlo, toma mucho acostumbrarse.
-Pero es que ayer vino y no me dice nada.
Sonia abrazó más fuerte a su pequeña tratando de consolarla. -Ve a jugar al río mi vida, anda, busca a tus amigos, ve por ahí y ten cuidado por favor. Eso te va a ayudar.
-Sí mamá. -La niña obedientemente se dio la vuelta y se fue caminando despacio abriendo la puerta del malhecho enrejado de madera para salir a uno de los sinuosos caminos de terracería que circundaban su casa. Sonia la vio perderse entre las frondosas palmeras y los miles de arbustos de crecimiento incontrolable típicos del trópico.
-¡Cuidado con los... !. - “pantanos” pensaba decir pero la niña ya no la escucharía pues estaba lejos. Se quedó viendo hacia ese pedazo de selva todavía conflictuada por la tristeza de su hija y suspiró.
Juan, su marido había muerto hacia poco más de un mes. Cómo olvidarlo, una de las etapas mas difíciles y tensas en la vida de Sonia. Lo recordó con su cara enferma y demacrada, dando tumbos por la casa, a veces tranquilo con la mirada perdida otras con lo que parecía ser un tremeno dolor en las entrañas. El doctor del pueblo con sus pocos alcances nunca entedió qué era lo que pasaba, la gente del lugar empezó a hablar de brujería pero Sonia no prestó atención, esas cosas se hablan siempre en un sitio como ese. Todo ese pensar le recordó que tenía un pendiente y repentinamente tomó la decisión de salir de su casa, sacó de la vieja cómoda una cartera, se cercioró de que hubiera dinero adentro, se puso unas sandalias y salíó con paso decidido a la terracería que tenían como calle, tomó camino abajo hacia la casa de Mireya. Al llegar tocó a la puerta y salió el joven hermano de ésta asomando apenas la cabeza.
-No me digas otra vez que no está tu hermana. -Dijo Sonia.
-No señora, salió.
-Ya te dije que le debo dinero y le quiero pagar. ¿Cuándo la encuentro?, esta es como la quinta vez que vengo.
-No sé señora. Ella sale mucho.
-¿De cuándo acá?. -Contestó Sonia molesta a lo cual el muchacho reaccionó negando con la cabeza.
Los días pasaron y Sonia se sentía cada vez más tranquila personalmente pero inquieta porque su María parecía cada vez menos feliz, decía incoherencias acerca de ver a su padre y cada vez estaba más nerviosa y asustada, incluso un día al regresar Sonia de su trabajo en el pueblo, casi al llegar a la rústica casita que ocupaban escuchó a su pequeña hija dando gritos de terror, cuando entró la niña estaba como loca en medio del espacio que tenían como estancia. -¿Qué tienes María, contrólate, ¿por qué gritas así?. -La pequeña le mostró el piso en el cual había un camino de lodo desde la entrada hasta la recámara principal, la que ella alguna vez compartió con su marido. Aunque inicialmente le pareció extraño llegó hasta el cuarto siguiendo el rastro sin encontrar nada raro. -Tranquila niña, ¡por Dios!, tú debes haber metido ese lodo, no es nada, fíjate antes de entrar, es todo.
-No fui yo. -Fue todo lo que contestó María ya casi viendo a su madre con rencor por no creerle y fueron esas las palabras que hicieron decidir a Sonia el mandarla una temporada con sus abuelos al puerto para que se tranquilizara, antes sin embargo, la llevó al cementerio para mostrarle (en medio de dulces pláticas de convencimiento), la tumba de su padre que permanecía con la tierra medio revuelta y con unas flores ya secas encima como aquel día que lo enterraron.
Así María se fue y de alguna manera fue un descanso para Sonia aunque no dejaba de extrañarla. Su trabajo como asistente de una tienda en el pueblo le era menos tenso pues no tenía que regresar corriendo a casa a cumplir las labores de madre y aunque pasaba todo su tiempo sola trataba de ajustarse a su todavía nueva condición de viuda.
Uno de esos días Sonia regesó a su casa y al abrir la puerta fue inminente el exagerado rastro de lodo que había desde la puerta hasta la recámara, no pudo evitar el miedo que eso le produjo pues evidentemente su hija había tenido razón y alguien se estaba metiendo en el lugar. Corrió por afuera de la casa hacia el pequeño patio trasero para buscar una pala o algo con que defenderse antes de entrar de nuevo pero se dio cuenta entonces de que se habían robado varias herramientas incluída la pala, hacia cuánto, no lo sabía, uno no se fija en esas cosas hasta que las necesita. El vecino más cercano estaba bastante lejos pero aún así caminó hasta allá para pedirle ayuda y no regresar sola. Claramente vio como sus vecinos cerraron la puerta cuando ella se acercaba e incluso oyo que ponían la cerradura del otro lado. Nadie le abrió. Nadie le respondió. Sonia volvió a su casa y no le quedó más que entrar sin ayuda. Pero no encontró más que huellas y lodo.
Esa noche fue la peor hasta ese momento en la vida de Sonia, cerró la puerta con la vieja cerradura que rara vez usaba y todas las ventanas y cortinas. Sabía que de nada servía pues lo que allí sucediera no se escucharía en kilómetros pero tampoco tenía otro lugar a donde ir. Se sentó a la mesa para no dormirse y tomó el cuchillo más grande que tenía en su cocina para defenderse de ser necesario, velando así hasta que la venció el sueño. Una patada violenta en la puerta la hizo despertarse casi al borde de un infarto y con el máximo miedo que una persona pueda sentir vio como la madera de ésta se resistía a ese y los siguientes golpes, fueron como cinco hasta que finalmente y como último recurso la aterrorizada mujer gritó “¡Tengo un arma y voy a usarla, voy a matarte quien seas!”. Curiosamente despues de eso empezó a escuchar murmullos con una voz nasal, lejana y pausada a la cual no entendió, eso le dio temor y tranquilidad al mismo tiempo pues no era un sonido agresivo, era más bien absurdo aunque escalofriante. Luego silencio. Y adelante una noche miserable ocupada solamente por una ilógica quietud.
Se quedó dormida sin darse cuenta hasta que despertó exaltada aún sentada ante la mesa, sin embargo todo se veía tranquilo y el día que entraba por las ventanas traía de nuevo el sonido normal de la naturaleza. Decidió tomar las cosas con calma, se bañó y comió algo, se vistió con la determinación de ir a la policía local a denunciar el hecho y lo que estaba ocurriendo. Cuando Sonia salió de la casa escuchó un sonido metálico resultado de haber pateado algo accidentalmente al salir por la puerta, era un pequeño objeto brillante, lo vio, se acercó, lo tomó con las manos y lo limpió contra su ropa para ver de qué se trataba, era un dije. La velocidad con la que avanza el terror en el cuerpo de una persona es algo inexplicable ante el simple hecho de ver un objeto que nos significa todo lo peor en conjunto. La piel de Sonia se erizó inmediatamente y empezaron a temblarle las manos cuando sus desorbitados ojos vieron que lo que sostenía en su palma era la medalla que Juan su marido había llevado en el cuello toda su vida... la misma con la que había sido enterrado.
Sonia corrió como una loca con lágrimas en los ojos, repitiéndose a sí misma “no es cierto”, “no es cierto”, “no es cierto”. Corrió sin parar sumida en el miedo hasta llegar de nuevo al cementerio tratando de buscar una explicación incluso en un lugar al cual había ya antes ido, se fue acercando a la tumba y a lo lejos le pareció no ver nada fuera de lo común pero al llegar, aún cuando la tumba estaba igual que antes se dio cuenta de que sobre ella habia un líquido viscoso similar a la miel o la resina y también escritas con un polvo extraño unas palabras que le fueron intendendibles, se espantó aún más al ver eso y su primer impulso fue tocar aquello pero se detuvo con miedo y se echó para atrás, su siguiente reacción fue levantar la vista como buscando a alguien y justamente frente a ella se encontraba Ramón el cuidador del cementerio, ella lo vio con desconfianza pero al mismo tiempo exigiéndole silenciosamente una explicación, el hombre quien se veía realmente intimidado hizo un verdadero esfuerzo para articular palabra. -Yo no fui señora, yo no puse esas letras en la tumba, yo ni entiendo eso, creo que es otro idioma, yo no fui, le juro, fue un hombre negro el que lo hizo, ayer en la noche.
-Aquí hay muchos hombres negros Ramón, ¿quién fue?, ¿por qué?, qué sabes Ramón, ¡Dímelo!.
Ramón recuperó su mutismo y negaba con la cabeza.
-Dí-me-lo. -Repitio Sonia separando por sílabas y sonando más amenazante que en súplica.
-Lo sacaron.... lo sacaron señora Sonia... el cadáver de su marido, ya no estaba y no supe cuando fue... a lo mejor se salió solo... yo volví a echar la tierra.
-¡No digas estupideces!, un muerto no se sale solo... ¿cómo que lo sacaron?... ¿cuándo?.
-No sé que pasó, pero fue como día y medio después de que lo enterraron... usté perdone, no diga nada por favor, yo no tuve la culpa, yo no vi.
-¿Por qué no me avisaste?.
-Tengo miedo señora... en la cantina me dijeron que a su señor lo vieron caminando la otra noche cerca de su casa... y alguien más lo vio vagando en un campo cerca de la carretera que va pa' la capital... hasta mi hermano dice que andaba cabando una fosa al otro lado del río.
-Te vas a callar Ramón... te vas a callar... no digas una palabra de esto a nadie.
Sonia corrió hacia a su casa con tal angustia que el corazón le latía a casi matarla. Abrió la puerta y al entrar la cerró con llave, después se quedó paralizada en medio del espacio que tenía por comedor con muebles viejos y simples. Todo de repente cobraba sentido, un tétrico sentido; el lodo en la casa, las historias de María, el robo del jardín, la medalla, los vecinos, el esconderce de Mireya...
-Mireya... Mireya... Mireya... -Empezó a repetir Sonia como poseída y convirtiendo su miedo en una furia desmedida. -Mireya, maldita Mireya. -Se movió rápidamente hacia la cocina y tomo una silla, se subió en ella y estiró la mano con mucha dificultad hacia arriba de una alacena hasta agarrar una lata plateada sin etiqueta alguna, la puso contra su pecho como si de esa forma fuera a recibir una explicación, reaccionando repentinamente bajó de la silla y corrió hacia la puerta para salir a la calle. Ya en la terracería caminó apresuradamente en dirección a la choza de Mireya. La rabia la cegaba dejando atrás el miedo al ir tomando su propio lugar cada una de las piezas de ese fúnebre rompecabezas. Al llegar a la casucha sin tocar abrió la puerta violentamente encontrando a la mujer sentada a su mesa, Mireya al ver a Sonia se levantó asustada y se hizo para atrás como para salir huyendo pero inmediatamente trató de fingir compostura y empezó a arreglarse la ropa y el pelo nerviosamente.
-Sonia... Sonia... hola... oye... no he estado... bueno... ¿qué te trae por aquí?.
Sonia guardó silencio por un tenso momento hasta que habló con todo el odio que su alma le permitió. -¿Qué hiciste estúpida?.
-¿De qué hablas?. -Replicó Mireya con una muy mal fingida sorpresa.
-¡Qué hiciste estúpida!. -Gritó sonia aventando a los pies de Mireya la lata que al caer se abrió dejando salir varias pequeñas bolsas de plástico conteniendo un polvo blanco cada una.
-... Lo, lo siento Sonia. -Dijo Mireya tartamudeando y olvidando derrotada su teatro.
-¿Quién te dio esta porquería?.
-El francés... ya te había dicho... o bueno, creo que es dominicano o de otra isla, no sé, de por allá.
-La dosis estuvo mal, ¿verdad imbécil?.
-No... no sé Sonia, no sé... yo hice lo que él me dijo... fue lo que te dije exacto.
-¡Pues te engañó idiota!, ¡te engañó!, ¡nos engañó a las dos!. ¡Lo que ese maldito brujo quería era un esclavo!.
-Lo siento Sonia. No era eso lo que querías ¿verdad?.
-¿Lo sientes?... ¿lo que yo quería?... ¡Te dije muerto, estúpida!... ¡te dije que quería a Juan muerto!... ve lo que hiciste... ¿Y ahora?.
miércoles, 18 de febrero de 2009 | Publicado por Rich en 8:54 a. m. 21 comentarios
Etiquetas: El regreso de los muertos, MauVenom
La Despedida
Pero crecí y las visitas a su casa con mis papás me fueron pareciendo cada vez menos interesantes y opte por ir a otros lugares. Cada vez la vi menos, cuando regrese después de muchos años, mi abue Cuca se había vuelto una de esa viejitas que todo mundo anda paseando, pero que dejaban relegada en una silla sin que nadie conversara con ella, refiriéndose a ella a gritos, en tonos pausados como si no entendiera, eso me dio mucha tristeza. Me fui a sentar con ella, la salude como siempre y le pedí que me contara una historia de cuando era niña, sus ojos le brillaron y comenzó a platicarme de cómo se escapaba para ir a cortar manzanas a los árboles.
Regrese con ella un tiempo y después un Tío se la llevo a su casa y ya no pude visitarla.
A pesar de que duro bastante tiempo enferma, también les dio mucha batalla a mis tios y murió hasta que tuvo 89 años, esos últimos ya no reconocía a nadie, y las veces que la fui a ver solo sonreía cuando me veia, su sonrisa dulce.
En cambio los últimos días de Cuca ya no quise ir a verla. Su rostro que ya anunciaba su final, se había vuelto demacrado, los ojos hundidos y una expresión perdida en el infinito que no quise volver a ver. Me fui a mi casa pensando lo terrible que era ver como se transformaba esa cara que para mi siempre había sido dulce y toda ternura.
Esa noche me acosté temprano con mi marido hablando de cuestiones de trabajo, él se quedo dormido al poco tiempo y a mi el sueño me hacia entrecerrar los ojos, pero de pronto la oscuridad y mis pensamientos se vieron interrumpidos por una luz que salio por debajo de la puerta, me asuste pensando como se había prendido, en ese momento se comenzó a abrir la puerta lentamente, aterrorizada no pude mas que taparme un poco mas con las cobijas, la puerta se siguió abriendo enmarcada con el trasfondo de la luz entro lentamente Cuca.
Yo podría imaginarme a mi abuelita de todas las maneras, pero de fantasma o muerta viviente nunca. Lentamente se fue aproximando a mi cama, y en efecto, ni en eso me decepciono, cuando se sentó en la orilla de mi cama, su rostro tenía la misma sonrisa dulce y tranquila que yo recordaba de cuando era niña. Me vio unos instantes y levanto una mano para señalar al que estaba acostado conmigo, sin hablar me lanzo una mirada de interrogación.
Como si yo supiera lo que quería, le aclare:
.-No abuelita, él no es mi papá, él esta en su casa.
Ella asintió, me volvió a ver con inmensa tranquilidad, se levanto y se fue.
Vi como la luz del pasillo se apago otra vez y no recuerdo cuando el corazón dejo de latirme porque el sueño me hizo cerrar los ojos y quedarme profundamente dormida.
Me despertó el teléfono y saque el brazo de mis sabanas calientitas para tomar la bocina. Era mi mamá:
.-Hija, te aviso que tu abuelita Cuca ya descanso, murió ayer por la noche.
martes, 17 de febrero de 2009 | Publicado por Rich en 9:47 a. m. 11 comentarios
Etiquetas: El regreso de los muertos, NTQVCA
¿Quieres Ser Quien se te Ocurra?
Jhon Malcovich
Siempre pasa cuando giro la chapa de la puerta de manera contraria. Esto es, cuando llego dormido, en la baba, o borracho. Recuerdo la primera vez que ocurrió. Llegué del trabajo como a las once de la noche, cansado, saqué mi llave y la introduje, gire la mano hacia el lado contrario de las manecillas del reloj para enseguida deslizarme por un túnel mental y posicionarme en el cerebro de alguien, esa primera ves fue de un policía:
─Enterado ─Pero qué demonios ¿Dónde estoy? ─Sí, doceochenta, aquí de guardia en sector tres, cambio─ Qué es esto, no puedo controlar mi cuerpo ─Nos dirigimos al sitio del delito─ ¿Qué delito? ¿Por qué estoy diciendo esto? ─Ya te digo, la Lupe, del emepe, me tira la onda, ¿no me crees? ─¿Lupe?, ¿me hablas a mí?
─¿La Lupe?─Ah, le habla al otro policía ¿Otro policía?
─Sí, fregón ¿no? A ver, espérame. Sí, doceochenta, en camino al sitio del delito, en unos minutos llegamos ya vamos en camino ─¿En unos minutos? Ni siquiera nos movemos, se están tragando unos tacos
─Ya, enciende la patrulla, luego platicamos de la Lupe ─ Hasta que. El delincuente ya ha de estar lejos y ustedes dos aquí hablando de secretarias buenísimas... ¿Cómo demonios me salgo de aquí?
─Puta, esta patrulla quedó bien fregona, ve no más a cuanto vamos─ Bájale güey, nos vamos a matar.
─Sí güey, písale más ─¿Y tú dándole alas a este engendro de Ayrton Senna? Frena, frena... hijo de la...
─Buenas, buenas ¿Qué fue lo que pasó aquí?
─Un asaltante, todavía lo alcanzan oficial. Se fue por allá.
─Uy señora, primero tengo que tomarle sus datos para saber que fue lo que pasó aquí ─Méndigo gordo, para mí que no quieres correr por la atragantada de los tacos, qué cínico... ¿Cómo salgo de aquí? No aguanto más, ¡ya!
─Pero se les va a escapar ─Se les va escapó...
─No se preocupe, ahorita van otras unidades a buscarlo. Ahora bien, ¿qué fue lo que pasó? Espéreme tantito. Pareja, tómele los datos a esta señora, voy a la patrulla a quitarme un pedazo de carne que tengo entre los dientes─Qué puerco, un momento, se va a ver en un espejo, me voy a ver en un espejo... Qué terrible, no sé si pueda vivir con este trauma.
Y por arte de no sé qué ¿magia?, ¿destino?, ¿burla del destino?, el oficial, al verse en el espejo, yo aparecí vomitando en el baño. Recuerdo que me paré y me vi en el espejo, pálido, pálido, pero sin la gorra azul, la prominente barriga y los bigotitos de cantinflas.
La segunda ocasión pasó igual. Llegué de una fiesta, introduje la llave en mi domicilio...:
─Buenas noches comadre... ¿Cómo le ha ido?...A mi bien, fíjese que el otro día─Ay no, una vieja chismosa─ vi a su marido saliendo de su oficina muy tarde ─Me aburro─ Iba con una cara de felicidad, que pa´ qué le cuento─Póngase a hacer otra cosa señora, no friegue el matrimonio de su compadre─Pa´ mí que se anda metiendo con su secretaria, la tal Lupe, muy licenciadito, refinado, pero cabrón su marido, discúlpeme, pero esa es la verdad ─Qué aburrido, ya vieja loca, vieja amargada, ha de estar tan gorda que su marido ni la pela, y pues le da envidia su comadre.
De nuevo vomitando, me miré en el espejo, que alivio, ya no tenía los diez kilos de mascarillas ni las dos docenas de tubos para el cabello; vieja chismosa, pobre licenciado, la que se le va a armar.
¿La tercera? Ni quisiera acordarme. Llegué a mi casa, igual con la llave...:
─Buenas joven.
─Quiúboles mamacita ─¿Mamacita?
─¿Qué se le ofrece?¿Servicio completo?¿O nomás sencillo? ─¿Servicio completo? ¿Sencillo? Oh no... Soy una prostituta...
No quisiera ahondar en detalles, solo que en la habitación del motel que estaba había un espejo redondo en el techo. Igual. Aparecí vomitando en el excusado, observé mi reflejo y ya no tenía ni la bolsa al hombro, ni la ¿minifalda? si a ese pedazo de tela se puede decir así. Qué mala experiencia. Es todo lo que puedo decir.
Igual me pasó con la cuarta. Llegué cansado a mi casa, giré la llave...:
─Gracias Lupita─Gracias Lupita, pero qué bien está la Lupita.
─De nada Licenciado.
─Oye, hay que tener más cuidado, mi mujer ya se las huele─Hijo de la... qué poca madre─ Se enteró de la otra noche que salí muy tarde de aquí, del emepe, alguien le dijo─Ya sé quien eres, o mejor dicho, ya sé quien soy. Viejo rabo verde. Bien, que comience la acción. Bésala, ánimo─Que bien se ve hoy Lupita─Eso, así se hace, ahora agárrale una teta.
─¿Usted cree licenciado? Usted no se queda atrás. Que guapo está.
─¿De verdad me veo bien?─ Oh no, no, no busque un espejo. Apenas se va a poner bien, chale...
Esa noche al terminar de vomitar hice un experimento. Rápido corrí hacia fuera de mi casa, introduje la llave en la chapa, giré hacia el lado contrario de las manecillas del reloj... túnel... cerebro...
─... Bien, ¿dónde nos quedamos? Ah sí. Le iba a agarrar una bubi a la lupita─ Aquí no licenciado, pérece... me duele─Ay no, soy Lupita...
Jamás vuelvo a hacer experimentos. ¿Después de vomitar? derechito a la cama. Mi experiencia con Lupita fue peor que con la prostituta. Al menos con la mujer de la vida alegre había un espejo gigante en el techo. ¿Con Lupita? Terminó hasta que se metió al baño a darse una arregladita. Ese día seguí en el cerebro de la Lupe. Salí ─salió─ al mostrador del ministerio Público donde estaba el licenciado, cuando de repente llegaron los dos policías con los que tuve mi primera experiencia extrasensorial ─si así pudiera decírsele─ y traían detenida a la joven prostituta. El ciclo, para mí, estaba cerrado. Ya había sido cada uno de los personajes principales, así es que me dediqué a otras cosas.
Ahora no solo utilizo la chapa de la puerta principal, también he encontrado otros túneles dentro de mi casa. La de mi recámara me condujo hacia el cerebro de un diputado, con todo lo que eso implica. En la del baño me transporto hacia la mente de un púber de secundaria, chale. Además le puse una chapa a la puerta de la cocina ─claro que no es necesaria─, a ver a donde me lleva. Y estoy pensando en ponerle chapa a la casita del perro...
Carlos Martin, el Director
Mayo 2003
domingo, 15 de febrero de 2009 | Publicado por Rich en 1:16 a. m. 8 comentarios
Etiquetas: El Bipolar, Si yo fuera