Cuando éramos niños mi papá intento hacernos personas de bien, empezando por inculcarnos la lectura.
Nos compro una enciclopedia de cuentos infantiles, nos pedía que leyéramos uno y por la noche durante la cena se lo contáramos. Yo elegía el mío y esperaba ansiosa a que me tocara mi turno, aunque después de unos días no tenía que esperar nada porque simple y sencillamente a mis hermanos no les intereso y dejaron de leer.
Creo que lo que me gustaba era imaginarme dentro del cuento y pensar que todas esas historias de hadas y princesas podían ser verdad. Hasta a mi mascota, que era una perra marca libre, la adivinaba como una bruja buena que me cuidaba de mis travesuras.
Pero pocos meses me duraron los tomos y empecé a buscar por otro lado.
Fui a una feria del libro con mi papá y ahí compre mis primeros dos libros.
Mujercitas, de Louisa May Alcott, por supuesto yo me imaginaba en Jo, que era rebelde y medio loca, me subía a los árboles y les pegaba a los niños en mi actitud machorra que según yo se parecía al personaje. Hasta quedaba con el número de hermanos que éramos, claro, tenía que convertir a los dos menores en niñas, pero no importaba porque en características se parecían, y si les daba dinero se dejaban poner una falda, por unos minutos claro, después me daban golpes.
¿Cuál fue el otro libro?, ni mas ni menos que la metamorfosis de Franz Kafka, ¿porque lo elegí?, no lo sé, no tenía yo en la primaria mayores referencias, vi una ilustración de un enorme escarabajo en la portada, se lo enseñe a mi papá que me miro extrañado y me dijo que si, que lo llevará.
Como aplica un libro existencialista en una niña de 9 años, no sé si entendí la esencia de la vida, pero me hizo tener pesadillas horribles convirtiéndome en ellas en escarabajo.
Aún así lo seguí leyendo. Me iba a la escuela caminando lentamente con mi gran caparazón en la espalda (que en realidad era mi mochila), llegaba al salón, veía a mis compañeros con rostro indiferente y no les hablaba, lo que los asustaba un poco, pero pensaba que los animales no hablan y menos uno tan feo como el que yo era.
No paso mucho tiempo antes de que mis amigas se cansaran de mi mutismo y se fueran a jugar a otro lado y claro, tampoco paso mucho tiempo para que yo viera que era mas divertido jugar resorte que quedarme acostada de lado en una banca porque mis patas no sostenían mi cuerpo.
Rápidamente, como buena niña olvide mi anterior transformación, cayeron otro libros en mis manos y no se me ha antojado volver a leer el porque Gregor decidió dejar de cargar con la responsabilidad de su familia y transformarse en ese ser codependiente. No lo sé y no lo quiero saber.
Ahora estoy leyendo El retrato de Dorian Gray…