Desde el abismo

Yo viví en una época en un país de charros y villanos, de artístas politiqueros y farsantes

Yo no era ni por casualidad la sombra de mi hermana, ni tampoco me parecía a las demás niñas.
a la sombra de una familia acomodada, crecí por allá en los 1900. En las fotografías color sepia, aparezco a la edad de cuatro años con vestidos ribeteados de olanes y con ramito de rosas entre las manos, nunca pude deshacerme de la enigmáica expresión de melancolía y un asomo de tristeza en mis ojos almendrados. A simple vista, podía dar la impresión de una profunda ensoñación, pero mas bien yo tenía una clara rebeldía contra los convencionalismos sociales de la época. No gozaba de una belleza singular. Sonreía con la satisfacción emanada de las sedas, los encajes, los sombreros de tafetán y organdí, sin embargo, mis ideales personales no se concretaron tan perfectamente como en las fotografías, pues se hallaban muy distantes de la frivolidad mundana.

Hubo una ocasión que me arrojé al vacío desde la corniza de la ventana de una recámara, mientras mi hermana contemplaba aterrada la temerária escena.
Caí intrépidamente sobre uno de los domos de la capilla de la solariega casona paterna, y de inmediato, sin vacilaciones, salté con felina agilidad hacia el patio trasero. Durante algunos instantes, mi hermana me dijo que me imaginaba con los ojos cerrados, tendida en un charco de sangre, casi moribunda.

Sin embargo morir con estilo era mi ideal era la fatalidad que tan exigente me seguía que conmigo misma prefería la muerte a la mediocridad. Mientras mi padre se encargó de levantar ángeles hasta las alturas, mis seres más queridos (incluyéndome) se despeñaron como demonios hacia el abismo

un 11 de febrero de 1931 mi vida ya era lo suficiente miserable y complicada para resistirla, Caminé con paso firme unos 200 metros por la ribera del sena. Una vez en el atrio de la imponente iglesia, me detuve unos instantes, miré la fachada buscando entre la construcción y el cielo el rostro mismo de dios. Pero no lo encontré.

Musité un rezo como toda niña bien. Entré en la catedral de Notre Dame casi desierta a esa hora.

En la penumbra bailoteaban las pálidas llamas de algunos cirios encendidos. Un par de beatas deambulaban por los pasillos y unos cuantos feligreses oraban de rodillas. Mis pasos resonaban sobre el piso mientras avanzaba hacia el altar mayor. Me senté en el extremo izquierdo de una banca solitaria frente a la imagen de Jesús crucificado. Sin apartar la mirada de los ojos dolidos del redentor abrí el bolso de mano y saqué el arma. Con ambas manos tomé la pistola, coloqué el frío cañón sobre el corazón y disparé. La detonación resonó en todo el santuario y mi cuerpo cayó doblado, por unos instantes solo alcanzé a escuchar dos gritos solitarios, pasos y el chorro de sangre que ya manchaba el piso

En instantes, mis ojos cayeron pesadamente sobre la banca. Las niñas bien de esa época debiamos morir con estilo, esa es la muerte perfecta, en plena función de facultades, jóven y sin vestigios del paso del tiempo sobre nuestro cuerpo, teatral, fastuoso y dónde algún Angel nos miré mudo desde lejos como testigo.

Si no tuve una vida perfecta, por lo menos mi muerte.


Antonieta Rivas Mercado


Lo mejor sería...

Platón dijo: «Aprendiendo a morir se aprende a vivir mejor.»

Y muchos se han dado a la tarea de tratar de explicar qué es lo que realmente quieren decir estas palabras.

Algunos proponen que bien se muere si se muere tranquilamente en el sueño o, al menos, rápidamente -de golpe, dirían-, mientras que otros, por el contrario, esperan una última oportunidad para despedirse, para no dejar pendientes y dejar este mundo con la conciencia tranquila.

“Haciendo lo que me gusta”, es lo que quisieran muchos y toman el asunto en sus manos; algunos literalmente se proponen acabar con su propia vida con pistola en mano, armados de uno o dos frascos de pastillas, saltando de un puente o de una cornisa, o de cualquier otra forma más o menos efectiva; mientras que otros deciden dejar las cosas a la suerte a 300 km/h en un auto, saltando desde un avión o de plano juegan a la ruleta rusa con la vida, experimentando con cuanta droga se les cruza o siendo altamente promiscuos, sin protección alguna. Sí, los hay cobardes, temerarios y, llanamente, ¡estúpidos!

Hay quienes intentan descubrir los secretos de la vida y la muerte disecando el cuerpo y analizando la mente. Con todas las de la ley algunos en sus laboratorios conducen experimentos y analizan cadáveres en forma más o menos ética; los más creativos, en cambio, experimentan la muerte más directamente, aunque no en su persona, sino con cualquiera que se les cruza.

Apelamos al sentido común, nos refugiamos en la religión o en la ciencia, examinamos nuestros sentimientos y concluimos lo que más paz nos otorga y, a final de cuentas, quizá la respuesta esté en la infalible lógica infantil. Como en la carta que escribe una pequeña a Dios:

«Dear God,
Istead of letting people die
and haveing (sic) to make new ones
why don’t you just
keep the ones you got now?

Jane»

«Querido Dios,
En vez de permitir que la gente muera
y tener que hacer gente nueva
¿por qué no simplemente
te quedas con los que tienes ahora?

Jane»


Hmmmm… o tal vez no. ¿Tiene alguien la respuesta perfecta?

Si todo sale bien

La noche helada y sin viento hacía que su espalda doliera, pero tenía que hacerlo. Había jurado que una vez más para decidirse a actuar, a quedar como un héroe ante las conciencias de los olvidados por la justicia. Solamente hoy la buscaría, necesitaba encontrarla para sentirse completo una vez más, ahí, en su auto viejo color marrón, ese con los cristales rotos y con aroma a pino que a veces le servía como residencia.

De repente la vio, parada como siempre en la esquina, con una minifalda verde, afilados tacones dorados y una apretada blusita roja. Sonrió al recordar la navidad que pasaron juntos, de cómo esa mujer había estado en la cama que por cuatro horas y trescientos pesos jugó el papel de lecho matrimonial. Su cuerpo de ninfa pidiéndole que la destrozara pero él quería adueñarse de ella cada segundo, jugar a que sería eterno en su piel color arena, en sus rizos de fuego y con esa boca que sabía a gloria.

Sumido en los recuerdos la llamó con su índice. Ella se recargó en la ventanilla y sus pechos generosos acariciaron el borde de la puerta; tras una breve charla subió al vehículo, joven y sonriente, con sus labios carnosos llenos de hijos sin nacer y el aliento a menta fresca. Tenía los ojos tristes pero hermosos, era una mujer en cuya piel se derramaron latidos, se ganaron y se perdieron mil batallas cada segundo. Era interesante para él, sería su vida por siempre, esta vez no la dejaría irse y dejarlo como otras ocasiones, abandonado en el punto ciego de la existencia, semidesnudo en una cama, con el miembro erecto y lleno de su esencia para poder irse a jugar a la salvadora de almas.

¿Ah, si? ¿Redentora, señora de los descarriados, puta? Él, con el aspecto de quien ha vivido luchas silenciosas y estúpidas contra los humanos, con su cuerpo ancho y pequeño sería su Ángel de la Muerte. Chíngate esa. Su genialidad había cruzado el límite a la locura. ¿Por qué no habría de serlo? Siempre acato las reglas, es momento de ignorarlas. Tenía una misión en la vida y siempre le atrajo pensar que si alguien moría haciendo algo que lo hacía feliz no sería como si muriera. La muerte es como el trabajo, a huevo. Alguien sería despedido hoy.

Llegaron a su mansión nocturna. El Albino de la recepción les entregó la llave y recibió a cambio una sonrisa cansada y a la vez excitante. La cama enorme y con dosel, pues la Princesa así lo pidió para poder entregarse al Príncipe de hoy. Dejó que jugara y soñara con palacios ostentosos antes de desnudarla con prisa para poder tomarla en esa cama que la atraía más que el pequeño sexo que tenía enfrente pero había que trabajar: lo colocó entre sus piernas con cuidado, rozando cada parte de ella para ponerlo más firme. No lo logró y tuvo que introducirlo medio flácido y pequeño en su cavidad seca y sin ansias, ahogando un grito de dolor y decepción.

Para él era perfecto: su erección le parecía enorme y esa mujer delirante por probar sus mieles. Enloquecía al tomarla, perot enía tan presente lo que haría que ni las mil sensaciones lo distraían: esa dríade mil veces suya gozaba con su carne y lo apretaba, tocaba sus senos perfectos mientras él se inclinaba a tomar el arma. Así la recordaría aunque no volviera a verla nunca, sería su musa por siempre y para su memoria su cuerpo perfecto viviría eternamente. En una fracción de segundo el frío del revólver contrastó con su cuerpo hirviendo y el olor a pólvora se mezcló con el ambiente espeso que había estado lleno de gritos y gemidos instantes atrás. La mujer gritó una vez más antes de que la sangre invadiera la habitación y un ser sin vida cayera sobre ella a la vez que sentía una explosión caliente en sus entrañas.

Adiós Carmen


Carmen se liberó rápido. Al siguiente día.

-Mamá no quiero que te quedes sola, me quedo contigo. -Le dijo Laura afuera de la puerta pero Carmen ya adentro de la casa se interponía pareciendo no querer dejar entrar a nadie.
-Estoy bien Laura, vete, es mi nueva vida y tengo que enfrentarla. Quiero estar sola.
Laura no pudo reprimir su expresión de angustia pero se dio la vuelta sabiendo que no había más por hacer, le hizo una señal a su madre mandándole un beso y pidiéndole que le hablara por teléfono.

Era casi medio día y la luz brillante de septiembre entraba por los grandes ventanales de toda la casa, Carmen olvidó su cansancio de 72 años y recorrió cada cuarto tratando de reconcer el espacio que ahora sólo era para ella. Seca, sin lagrimas pero abrumada por los sentimientos y dejando que el silencio lo ocupara todo. Un poco más tarde le llegó la hora de hacer lo que sabía seguía y para lo cual quería estar sola. Regresó hasta su recámara y contempló la cama perfectamente tendida que compartió tantos años con Aurelio, se acercó al buró que a él perteneció y sacó aquel cuaderno de notas que nunca antes había abierto, lo tomó y salió del cuarto para dirigirse a la estancia y ocupar ahí un sillón en el cual se sentó a la orilla. Pasó largo rato con el cuaderno cerrado en su regazo y la vista perdida al frente. “Sabías que lo iba a leer, lo sabías, además soy la única que tiene derecho, tú eres ahora cenizas y por eso me atrevo, aunque te siento presente Aurelio, no se que me pasa, será que apenas te cremaron hace horas”.

Carmen finalmente abrió el cuaderno y le sorprendió encontrar menos texto del que esperaba, eran sólo algunas notas, sin mucho orden, en diferentes hojas, todas ellas escritas por su marido en los últimos días de su vida postrado en cama por la enfermedad.

PARA PODER MORIR
Un título en letra grande y temblorosa.

La muerte perfecta será la que me encuentre con el alma lineal sin subidas o bajadas.

Carmen sonrió al leer esa primera nota y recordar a su marido, el viejo maestro de universidad, sus raras ideas y su escritura antigua.

Llegará sin que tenga yo la necesidad de asir una mano pues ya todas las que me importaron en la vida abrán estado entre mis palmas suficiente tiempo.

“Así fue Aurelio, fue todo tan en silencio que prácticamente no me di cuenta, para cuando tomé tu mano ya te habías ido, pero no me sentí mal, ya nos habíamos tomado de la mano suficiente.”

Será cuando no me quede nadie por amar y no deje cartas pendientes para quienes entregué mi voluntad.

“¿Y esto?, es un cuaderno pero ¿no cuenta como carta?... pero ya no está pendiente, no te preocupes, lo estoy leyendo.

¿Existe el perdón?, ¿Es cierto que el perdón llega cuando se aprende a comprender? Una muerte tranquila no requiere de perdón, pide el no tener que hacerlo ya. Requiere de haber soltado todos los pasados con sus nombres y sus fechas. De no perder en tribulación los minutos que me queden.

Carmen sonrió satisfecha y perdió la vista al final de la estancia en aquel vidrio enorme que daba al jardín, recordó la casi absurda tranquilidad con la cual Aurelio vivió sus últimos meses y días, pensó en él caminando por la casa, cansado y vencido por la enfermedad, pero con una resignación única que casi no se ve. Aurelio dejó de hablar del pasado y se mantuvo ocupado con sus pequeñas actividades del presente, un poco de jardín, platicar con su hija cuando llegaba a visitar, leer. ¿Perdón?, claro que hubo muchas veces necesidad de perdón, pero ya qué, ya no lo recordaba ninguno de los dos.

Con la frente aún llena de aquellos paisajes que necesité ver y con la aceptación de que los que nunca vi no estaban destinados para mí. De quedar en paz con un mundo inmenso e inrecorrible y magnificar aquel pedazo que por destino se me designó.

-Nunca conocimos Lisboa Carmen, y tú querías ir.
-No importa hombre, fuimos a muchos lugares.
-¿Segura?, porque a mí ya no me importa, pero no quiero que te quedes con las ganas de nada.
-Aurelio... en serio... no importa.
Carmen recordó aquella conversación y volvió a sonreír.
“Mira Aurelio, ¿ves?, en serio no me importa, como dices en tu cuadernito ya acepté que ese paisaje no fuera para mí, pero me quedo con otros” y volteó a ver la mesa un poco empolvada donde tenía objetos comprados en varios viajes.

Se requiere estar cansado de haber comido, de haber cambiado, de haber abierto, de haber quedado en paz con cada error, de haber tomado con mis manos cada evento, de haberme acabado la historia propia.

Carmen se soltó riendo. “¡Hombre, si te lo acabaste todo!, ¡nada más faltaba!, te comiste todo, cambiaste todo, lo hiciste todo... no habré sido yo quien te tuvo que aguantar la vida entera, no había quien te parara. Ahora mismo, ¿en qué andarás?.

Poder parar este pensamiento en el que cada acierto parece error.
¿Me atreví a amar?. ¿Me arrepiento?.
De haber amado, de recordar tranquilo cada rostro que recorrí con mis manos sin importarme que ya no estén ni que jamás los he ver otra vez.

Y la risa se acabó para Carmen y por primera vez los ojos se le humedecieron recordando como él le tomaba la cara con las dos manos “sigues teniendo expresión de niña”, le decía y ella contestaba “no hay niñas de de mi edad”, luego él le acariciaba las mejillas con el dorso de la mano y ambos se miraban en complicidad. Carmen trató de enumerar los amores de su marido, su hija, su hermano, ella misma... se preguntó por primera vez cuáles habrán sido los que guardó en silencio y ella nunca supo.

Cuando conozca un celibato largo, cuando me harte de sexo imprudente, cuando la lista de locura e irreverencia esté completa, cuando haya visto y respetado.

Y la risa volvió a asaltar a esa agotada mujer por recordar aquellos tiempos en los que de jóvenes eran capaces de llegar tarde a todos lados o de encontrarse en casa a medio día a cambio de sexo. Se rió también de recordar aquella dura época en la que el deseo se fue y casi les cuesta el matrimonio. “Que insignificante es todo a la distancia”.

Después de ser animal y ser humano y ser yo mismo.

“Fuiste todo marido mío, todo, muy animal y muy humano y tú mismo siempre... para bien y para mal, no tengas duda”.

Una muerte perfecta llega cuando nos da paz saber que se olvidará nuestro nombre, cuando no hay desdeo de permanecer, cuando tiramos el ansia de inmortalidad y el reconocimiento se vuelve absurdo. Cuando nos hace más feliz la idea de que el mundo continúe sin nosotros que la de continuar nosotros sobre él.

“Ay Aurelio, eso no te lo prometo, no creo poder olvidar tu nombre, no serás inmortal porque el tiempo lo borra todo de eso puedes estar seguro, pero ¿tu nombre?, ya olvidé todos los demás, el tuyo es el único que recuerdo, olvidarlo, no lo se... Pero tú no te preocupes, tú descansa y olvida lo que en esta vida te pudiera afligir, yo de eso me ocupo ahora, aunque ya no tengo mucha fuerza por algo será que me quedo un rato más en este lugar, quizá por Laura que a sus 37 años todavía no aprende a aceptar lo que le trae la vida... o por alguna otra razó que todavía no entiendo.”

Quizá es cierto que en vida contruimos lo que nuestra muerte ha de ser.
Quizá entonces en la paz plena cualquier muerte ha de ser perfecta.
Por que de amar es que al final se sirve.

Cuando no me quede más que irme.

Carmen sonrió con lágrimas en los ojos y acaríció la hoja del cuaderno como lo hacía con la mano de su moribundo marido en los últimos días. “Ya pronto nos vemos de nuevo Aurelio, para ti qué es el tiempo ya, no creo que falte mucho y te alcanzo, vienes por mi ¿eh?, para que no me vaya a dar miedo, nos vemos pronto... y entonces será cuando olvide tu nombre, entonces tu muerte que hoy es casi perfecta lo será completamente, ya no falta mucho y lo habrás logrado esto también”.

Carmen leyó entonces la última nota del pequeño cuaderno.

Carmen, se que vas a leer esto cuando yo no esté, se que me voy primero. Dime qué piensas, aunque no me veas te oigo. Sigamos platicando.
Te amo. ¿Lo sabes, verdad?.

“Lo se... Y yo a ti hombre, y yo a ti.
*
*
*
“To the well organized mind, Death is but the next great adventure”
J. K. Rowling
(Harry Potter)

El cuerpo perfecto

Cuando lo conoció le pareció un poco insípido y con un humor bastante imbecil, le molestaba que se igualara y tratara de hacerle bromas como a todas, sin embargo le llamo la atención que todas las mujeres del club hablaran de su cuerpo, asi que un día espero en el pasillo a que pasara, no le miro a la cara porque era bastante déspota y lo saludaba solo cuando lo tenia enfrente en la alberca, asi que lo dejo pasar y de espaldas vio ese hombre que hacia suspirar a mas de una. Le pareció que no exageraban, frunció el ceño por no haberse dado cuenta antes. Se cerró la chamarra y se fue a su casa.

Esa noche no pudo dormir pensando como iba a lograr lo que ya se le había metido a la cabeza. Al siguiente día llego temprano a la alberca, él ya estaba ahí, se le acerco, le alzo la ceja y lo reto a unas carreras, por supuesto él le gano, asi que cuando llego a la orilla de la alberca le dijo que iba a pagar la apuesta “¿Cuál apuesta?”

.-La de la carrera, te veo a las 7 de la noche para irnos a tomar un café.

Se dio la vuelta y se fue sin dejarlo responder.

En realidad no le costo ningún trabajo, él se sintio emocionado de inmediato con su manera de ser, y ella aprovecho de eso para no andarse con rodeos y se lo llevo a otro lado para tocar bien, despacito y por partes ese cuerpo que la hacía siempre fruncir el ceño.

Como todos los amantes, después de sesiones de besos y caricias, platicaban, de su pasado, de sus sueños, de su vida, de la muerte.

¿Cómo sería la muerte perfecta, “morir dormido, todos quisiéramos morir dormidos”.

Jugando tomó la mano de él y le dijo que no se preocupará, mientras buscaba la línea de la vida…se quedo muda, apenas llegaba al comienzo del pulgar. Prefirió no hacer caso a eso, y cambio la conversación.

No le gustaba hablar de la muerte, cuando pensaba en la gente que se suicidaba, a pesar de haberlo pensado ella mas de una vez, le parecía de lo mas cobarde irse y abandonar a los que te querían, que esperaban por ti. Esos que decidían irse, no pensaban en todos los pendientes que dejaban atrás, en el dolor que iban a ocasionar ¿Quién iba a recoger su cuerpo?, quien iba a encargarse de quemar su ropa, de guardar sus pertenencias?, prefería no hablarlo.

Fue poco el tiempo en que ese cuerpo perfecto le parecía tan conocido, que ya no encontraba gran placer en recorrerlo. Asi que poco le basto para dejarlo y olvidarse de él. Le llamaba de vez en cuando, él nunca se negaba, solo para recordar viejos tiempos, y con las cejas juntas y entrecerrando los ojos se volvía a ir.

Poco a poco dejo de contestarle, dejo de buscarla también. No le presto mucha atención, pero un día que pasaba cerca de su trabajo, entro a buscarlo y lo vio de lejos abrazando y besando a otra mujer. Frunció el ceño y salio a su carro, manejo rápidamente hasta su casa.

Al otro día lo cito, cuando se vieron lo dejo claro, lo quería con ella y solo para ella, no le importaron todas sus excusas, termino convenciéndolo y quedaron de verse para salir de viaje la siguiente semana.

El día de la cita no llego, lo espero unas horas y se quedo dormida esperando, hasta que el sol de la mañana comenzó a molestarla.

Tomo el teléfono y marco a su celular, no contestaba, asi que llamo a su casa. Le contesto un hombre mayor, se escuchaba mucha gente y ruido, tuvo que alzar la voz para pedirle hablar con él.

.-Si lo quiere ver puede venir, lo estamos velando en la casa

.-¿Que esta diciendo?, esta equivocado, comuníquemelo, ¡lo estoy esperando desde

ayer!

.-Murió en la noche, dice el doctor que fue mientras dormía, una especie de apnea, se asfixio, no sufrió. Puede venir si quiere.

Dejo caer la bocina, de sus ojos no salio una sola lagrima, solo estaba asombrada de que por mas esfuerzos que hizo, no pudo fruncir el ceño.

Verdevalle

No hay vidas perfectas, tampoco veo porque debería haber una muerte perfecta.

Había pasado la mayor parte de su vida cometiendo injusticias, su nombre era digno de temor, pero más de uno quería ver rodar su cabeza y bailar una mística danza a su alrededor.

La noche había caído y todos los habitantes de aquel pueblo estaban a las afueras de la casona del General Verdevalle, los guardias habían huido desde que escucharon los y vieron las antorchas venir por el camino real. El General estaba solo, y nada más que unas rejas y una puerta enorme de cedro rojo lo separaban de aquellas centenas de almas armadas con machetes, palas y demás armas agrícolas que tanto querían verlo arder en el fuego eterno del mismo infierno.

La situación era muy predecible, entraría un pequeño grupo de hombres, subirían hasta su despacho y lo llevarían hasta la multitud, misma que después de desnudarlo lo harían caminar a punta de latigazos hasta el paredón que el general usaba para fusilar a los rebeldes y enemigos. Una vez ahí, frente a esa pared con rastros de sangre todavía esperaría una lluvia de rocas con el más puro sabor a venganza posible de parte de los pueblerinos y por ultimo sería quemado en un horno de ladrillos.

El general veía las antorchas desde su ventana, se podía ver una tranquilidad increíble en su persona, fue hasta su despacho, tomó su botella de coñac que usaba en ocasiones importantes,  y después se sentó en su sillón favorito. Contempló las fotografías que estaban frente a el, exactamente en frente estaba el retrato de su abuelo, se veía parco y retador, interpretó su mirada y solo venían unas palabras a su mente.

Ya te cargo la chingada.

-Si, ya me cargo la chingada, pero al menos tendré una muerte rápida y sin humillaciones, perfecta en este caso.

Dijo mientras saco su pistola de un cajón y la puso en su escritorio.

Se le hizo un nudo en la garganta que estaba listo para deshacer con un trago de su fino licor.

-No hay mejor muerte que una donde tu garganta está aún caliente por la gracia del alcohol y tus oídos son seducidos por las tímidas notas de una canción. Era una frase que alguna vez había escuchado, en está situación era lo más cercano a sus posibilidades.

Entonces tomo su botella y su pistola para después ir hasta su fino piano, se sentó y empezó a contemplar por última vez el mismo. Empezó a tocar algunas melodías y vinieron un sin fin de recuerdos a su cabeza, así que volvió a su despacho para evitar situaciones sentimentales.

Sentado de nuevo, frente a su escritorio, con las mismas miradas sobre su persona y con un torrente de recuerdos que empezaban a llegar, su corazón empezó a agitarse, un miedo lo recorrió de pies a cabeza como nunca, se había dado cuenta de que no había una muerte perfecta, simplemente no la había.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por los golpes a la puerta de su despacho, si quería evitar el sufrimiento tenía que hacer algo rápido, tomo su pistola y se armó de valor.

Jalo del gatillo y después experimentó la peor sensación de su vida, el arma no tenía balas.

Don Siniestro

Recuerdo que a la edad de doce años, sostenía aquél corazón humano con la izquierda y mi padre me reprimió. Decía que yo era un hijo siniestro, sí, mira quién habla. Que se vaya a la mierda. Mi padre vive en la prehistoria. Ese Don Cirilo, si me viera en este momento. Yo agarro los corazones como se me hinche la gana, con la zurda y con la otra mano sobándome los huevos. Aprieto y aprieto, sale la sangre, y con la derecha me rasco los huevos.

Mi padre es el siniestro. Todo comenzó con el maldito nombre que me pusieron: Cirilo Ouisiyes Pérez López, y me fue bien, bastante bien, diría yo; mi hermana se llama Cirila Usnavy, con sus dos respectivos, comunes y corrientes, apellidos. Ya se imaginarán las burlas de los compañeros de la escuela. Para quién no sea muy observador, mi nombre significa: Sí, en francés, castellano e ingles, y el nombre de mi hermana mi padre lo tomó de un programa de televisión en el cual, una fragata norteamericana bombardeaba sin descanso, así por nomás, las costas de un pequeño país antillano de nombre Granada, y al costado de ese navío se apreciaba US Navy, sin palabras, me cae. Y luego por qué el odio, a los gringos y a mi padre; y un tanto a mi hermana, de rebote por aquello de su nombre. ¿Alguna duda sobre quién es el siniestro?
Estudié en un colegio anglo-mexicano, y de sacerdotes retrógradas, con todo lo que eso implica, los cuales me golpeaban cada que escribía, soy zurdo, para ellos siniestro, aunque cada reglazo y fajazo contribuyó a que se forjara en mí ser una figura ¿honrada y trabajadora?, para nada, ambidiestra, es la palabra, que a la larga me sería de mucha utilidad. Mi paso por el colegió fue un vil tormento. Y no era solo la primaria, era un maldito instituto ¿varonil? ─bola de maricas─ que censuró mi cerebro por más de quince años, desde el preescolar hasta la preparatoria, con sus respectivas repeticiones: Dos veces segundo de primaria, uno de tercero de secundaria y un par de semestres en la preparatoria. Don Cirilo nunca dejó de reprocharme “Eres un inepto, aprende a Usnavy, cuándo dejarás de ser tan pendejo”. En la escuela siempre le temía a la ¿materia? de educación física. Pérdida de tiempo. “Ouisi, diez vueltas al campo” méndigo padrecito, con tanto frío y el maldito uniforme rojo con vivos en azul y blanco que no tapaba nada. “Ouisi, al pizarrón”, me decía una maestra; “Ouisi, deja de copiar”, de parte del profe de matemáticas; “Ouisi, a la dirección”, el padre; “Ouisi, esto y aquello” el coordinador; “Ouisi, Ouisi el jotito”, mis compañeros.
Don Cirilo era dueño de un equipo de fútbol infantil en la liga sabatina. A mí nunca me gustó el futbol, imagínense el día en que me pusieron de portero. “Ouisi, a la portería”. Uno-cero, dos-cero... marcador final: once-cero. “Eres un inepto, aprende a Usnavy, cuando dejaras de ser tan pendejo, a tu hermana le dan puras medallas de oro en el Karate, y tu me das puras vergüenzas”. En fin, mi paso por las rutas del desgaste físico y el deporte las pasé con más, demasiadas diría, penas que glorias.
Una situación un tanto singular fue el día en que me asaltaron. Cometí la burrada de platicarle a Don Cirilo lo que pasó: “Eres un inepto, aprende a Usnavy, cuando dejaras de ser tan pendejo, le hubieras hablado a tu hermana para que te defendiera.” En fin.
Don Cirilo insistía en que trabajara con él, para mí eso significaba más represión cerebral. Y ganó. Laboro desde hace diez años con él. Diez malditos años de doblegación: “Sí apá, lo que usted diga apá”. Pero mientras él se distrae yo aprieto y aprieto los corazones con la zurda, mientras con la derecha me rasco los destos.

Mañana cumpliré cuarenta y un años de edad. Se preguntarán en qué me ha afectado la ¿educación? proporcionada por mi padre, yo creo que en nada. Dejando de lado mi soledad ─soy soltero─ y mi costumbre de rascarme los destos, mientras aprieto los corazones en el trabajo, creo que he estado bien. Mis compañeros en la morgue ─soy embalsamador─ están esperando el día después de mañana, por aquello de las burlas, “Ouisi, Ouisi el invertido tiene cuarenta y un años”, ya me imagino. Yo nomás los juzgo. Lo que me da ánimos es el cadáver gringo que llegó esta mañana. Tremenda carnicería: Aprieto y aprieto el corazón...
Mañana voy a tener una fiesta de cumpleaños muy singular: Solo voy a invitar a Usnavy. Va a ser en mi casa, con una botella de un buen vino francés y mis cadáveres. ¿No les dije? Tengo mi propia morgue, mi morgue particular.

Carlos Martín