Yo viví en una época en un país de charros y villanos, de artístas politiqueros y farsantes
Yo no era ni por casualidad la sombra de mi hermana, ni tampoco me parecía a las demás niñas.
a la sombra de una familia acomodada, crecí por allá en los 1900. En las fotografías color sepia, aparezco a la edad de cuatro años con vestidos ribeteados de olanes y con ramito de rosas entre las manos, nunca pude deshacerme de la enigmáica expresión de melancolía y un asomo de tristeza en mis ojos almendrados. A simple vista, podía dar la impresión de una profunda ensoñación, pero mas bien yo tenía una clara rebeldía contra los convencionalismos sociales de la época. No gozaba de una belleza singular. Sonreía con la satisfacción emanada de las sedas, los encajes, los sombreros de tafetán y organdí, sin embargo, mis ideales personales no se concretaron tan perfectamente como en las fotografías, pues se hallaban muy distantes de la frivolidad mundana.
Hubo una ocasión que me arrojé al vacío desde la corniza de la ventana de una recámara, mientras mi hermana contemplaba aterrada la temerária escena. Caí intrépidamente sobre uno de los domos de la capilla de la solariega casona paterna, y de inmediato, sin vacilaciones, salté con felina agilidad hacia el patio trasero. Durante algunos instantes, mi hermana me dijo que me imaginaba con los ojos cerrados, tendida en un charco de sangre, casi moribunda.
Sin embargo morir con estilo era mi ideal era la fatalidad que tan exigente me seguía que conmigo misma prefería la muerte a la mediocridad. Mientras mi padre se encargó de levantar ángeles hasta las alturas, mis seres más queridos (incluyéndome) se despeñaron como demonios hacia el abismo
un 11 de febrero de 1931 mi vida ya era lo suficiente miserable y complicada para resistirla, Caminé con paso firme unos 200 metros por la ribera del sena. Una vez en el atrio de la imponente iglesia, me detuve unos instantes, miré la fachada buscando entre la construcción y el cielo el rostro mismo de dios. Pero no lo encontré.
Musité un rezo como toda niña bien. Entré en la catedral de Notre Dame casi desierta a esa hora.
En la penumbra bailoteaban las pálidas llamas de algunos cirios encendidos. Un par de beatas deambulaban por los pasillos y unos cuantos feligreses oraban de rodillas. Mis pasos resonaban sobre el piso mientras avanzaba hacia el altar mayor. Me senté en el extremo izquierdo de una banca solitaria frente a la imagen de Jesús crucificado. Sin apartar la mirada de los ojos dolidos del redentor abrí el bolso de mano y saqué el arma. Con ambas manos tomé la pistola, coloqué el frío cañón sobre el corazón y disparé. La detonación resonó en todo el santuario y mi cuerpo cayó doblado, por unos instantes solo alcanzé a escuchar dos gritos solitarios, pasos y el chorro de sangre que ya manchaba el piso
Si no tuve una vida perfecta, por lo menos mi muerte.
Antonieta Rivas Mercado