Mostrando entradas con la etiqueta Recuerdos de la infancia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Recuerdos de la infancia. Mostrar todas las entradas

Don Siniestro

Recuerdo que a la edad de doce años, sostenía aquél corazón humano con la izquierda y mi padre me reprimió. Decía que yo era un hijo siniestro, sí, mira quién habla. Que se vaya a la mierda. Mi padre vive en la prehistoria. Ese Don Cirilo, si me viera en este momento. Yo agarro los corazones como se me hinche la gana, con la zurda y con la otra mano sobándome los huevos. Aprieto y aprieto, sale la sangre, y con la derecha me rasco los huevos.

Mi padre es el siniestro. Todo comenzó con el maldito nombre que me pusieron: Cirilo Ouisiyes Pérez López, y me fue bien, bastante bien, diría yo; mi hermana se llama Cirila Usnavy, con sus dos respectivos, comunes y corrientes, apellidos. Ya se imaginarán las burlas de los compañeros de la escuela. Para quién no sea muy observador, mi nombre significa: Sí, en francés, castellano e ingles, y el nombre de mi hermana mi padre lo tomó de un programa de televisión en el cual, una fragata norteamericana bombardeaba sin descanso, así por nomás, las costas de un pequeño país antillano de nombre Granada, y al costado de ese navío se apreciaba US Navy, sin palabras, me cae. Y luego por qué el odio, a los gringos y a mi padre; y un tanto a mi hermana, de rebote por aquello de su nombre. ¿Alguna duda sobre quién es el siniestro?
Estudié en un colegio anglo-mexicano, y de sacerdotes retrógradas, con todo lo que eso implica, los cuales me golpeaban cada que escribía, soy zurdo, para ellos siniestro, aunque cada reglazo y fajazo contribuyó a que se forjara en mí ser una figura ¿honrada y trabajadora?, para nada, ambidiestra, es la palabra, que a la larga me sería de mucha utilidad. Mi paso por el colegió fue un vil tormento. Y no era solo la primaria, era un maldito instituto ¿varonil? ─bola de maricas─ que censuró mi cerebro por más de quince años, desde el preescolar hasta la preparatoria, con sus respectivas repeticiones: Dos veces segundo de primaria, uno de tercero de secundaria y un par de semestres en la preparatoria. Don Cirilo nunca dejó de reprocharme “Eres un inepto, aprende a Usnavy, cuándo dejarás de ser tan pendejo”. En la escuela siempre le temía a la ¿materia? de educación física. Pérdida de tiempo. “Ouisi, diez vueltas al campo” méndigo padrecito, con tanto frío y el maldito uniforme rojo con vivos en azul y blanco que no tapaba nada. “Ouisi, al pizarrón”, me decía una maestra; “Ouisi, deja de copiar”, de parte del profe de matemáticas; “Ouisi, a la dirección”, el padre; “Ouisi, esto y aquello” el coordinador; “Ouisi, Ouisi el jotito”, mis compañeros.
Don Cirilo era dueño de un equipo de fútbol infantil en la liga sabatina. A mí nunca me gustó el futbol, imagínense el día en que me pusieron de portero. “Ouisi, a la portería”. Uno-cero, dos-cero... marcador final: once-cero. “Eres un inepto, aprende a Usnavy, cuando dejaras de ser tan pendejo, a tu hermana le dan puras medallas de oro en el Karate, y tu me das puras vergüenzas”. En fin, mi paso por las rutas del desgaste físico y el deporte las pasé con más, demasiadas diría, penas que glorias.
Una situación un tanto singular fue el día en que me asaltaron. Cometí la burrada de platicarle a Don Cirilo lo que pasó: “Eres un inepto, aprende a Usnavy, cuando dejaras de ser tan pendejo, le hubieras hablado a tu hermana para que te defendiera.” En fin.
Don Cirilo insistía en que trabajara con él, para mí eso significaba más represión cerebral. Y ganó. Laboro desde hace diez años con él. Diez malditos años de doblegación: “Sí apá, lo que usted diga apá”. Pero mientras él se distrae yo aprieto y aprieto los corazones con la zurda, mientras con la derecha me rasco los destos.

Mañana cumpliré cuarenta y un años de edad. Se preguntarán en qué me ha afectado la ¿educación? proporcionada por mi padre, yo creo que en nada. Dejando de lado mi soledad ─soy soltero─ y mi costumbre de rascarme los destos, mientras aprieto los corazones en el trabajo, creo que he estado bien. Mis compañeros en la morgue ─soy embalsamador─ están esperando el día después de mañana, por aquello de las burlas, “Ouisi, Ouisi el invertido tiene cuarenta y un años”, ya me imagino. Yo nomás los juzgo. Lo que me da ánimos es el cadáver gringo que llegó esta mañana. Tremenda carnicería: Aprieto y aprieto el corazón...
Mañana voy a tener una fiesta de cumpleaños muy singular: Solo voy a invitar a Usnavy. Va a ser en mi casa, con una botella de un buen vino francés y mis cadáveres. ¿No les dije? Tengo mi propia morgue, mi morgue particular.

Carlos Martín

Mis dos Cartulinas

... Con los ojos rojos corrió hacia mi, si hubiera tenido malicia hubiera pensado que ella se había drogado o algo, me abrazó muy fuerte, tanto que creo por poco me saca el aire, mis cartulinas las arrugó toditas y no entendí..

Me exprimo el cerebro en busca de recuerdos. Me veo a mi misma con el cabello rizado y alborotado como un nido de pájaros, mi mamá corría tras de mi para peinarme y siempre toda esa persecusión terminaba en suplicio llorando ella porque no podía y llorando yo porque no la dejaba peinarme. Esa edad ajena a la malicia y los desahogos fue grata, siendo la más chica aún cuando mis hermanos me agarraron de excusa, de comodin, de escudo, de pretexto o de culpa.

Mi estado feliz de ignorancia y ausencia de problemas tan solo recaía en recoger mis juguetes, hacer los deberes, era mi única responsabilidad y claro, comerme el guisado (carne puaj!) pero por sobre todo correr y alejarme lo mas pronto posible de el cepillo y los pasadores.

Imaginen una mirruña de 6 años enfundada en uniforme azul marino, con chaleco y encima un babero de olanes espantoso, sueter con un escudo al costado izquierdo, calcetas blancas, botas que las cubrían poco antes de la rodilla, camisa, falda a cuadros con vivos rojos, un buen dobladillo, remetido a la cintura 2 vueltas, para hacer economía porque la falda aquella me debía durar por lo menos un par de los siguientes años. Jamás olvidaré ese día, mamá dió instrucciones precisas a mi hermana y hermano, a la hora de receso me buscarían quizá, pero definitivamente a la hora de la salida los tres nos esperariamos para el regreso a casa. La escuela quedaba justo enfrente de donde vivia y en esos tiempos, los niños no corriamos peligro de caer en manos de algún pervertido o un robachicos, aunque te bromearan seguido con eso solo habia que cuidar pasar avantes la calle.

Mi salón era color pistache, mi mochila yo y mis ganas entramos, había uno que otro llorón que Papá me había advertido con premeditación habría, - "no permitas que te contagien" me aclaró enrollando mis dos cartulinas enormes que habían pedido no se para qué y que terminaron mas ajadas y maltratadas justo como el entusiasmo del niño gordo con quién me sentaron a lado, yo de ladito en la misma banca, me banqué, Ciencias Naturales, los trazos de lineas curvas y quebradas, el dibujo de mi familia en hojas de papel revolución y claro el robo de mi sandwich junto con mis dos pesos que di cuenta de su desaparición, cuando nos llegó el intermedio, (bueno asi le llamaba yo al recreo)
otros percances se dieron, pero para cuando tocaron la campana de salida, yo ya tenía una amiga, mis dos cartulinas y yo estabamos mas que listas para partir a casa. Me senté en una jardinera con matas grandotas a esperar a mis hermanos pacientemente y entonces...

Pasaron unos minutos, pero mis hermanos ni rastro. Ni por aquí me paso el tiempo, ni dramas ni sustos, cuando volteé chicos del otro turno comenzaron a aparecer pero yo obediente decidí esperar. ¡Que cosa mas rara! -pensaba no vienen estos... Ni tarda ni perezosa, acomodé la mochila como almohada y decidí retozar pensando que los retrasados de mis hermanos en cualquier momento llegarían, pero mis hermanos,nunca llegaron, se olvidaron supongo a la falta de costumbre, saliendo por piernas, atravesaron la calle y mamá extrañada que vigilaba enfrente preguntó:
-¿ y su hermana? ... esa criatura inocente de rizos rebeldes no había llegado con la parejita.

Mis hermanos se encogieron de hombros diciendo al unísono - "¡No la vimos!" y decían la verdad, las matas me taparon toda. Mamá decidió ir a buscarme se asomó y no me vió, se siguió de filo hasta el salón, y nada, el patio semi vacio, los salones de nuevo llenos de chicos del otro turno, ella espero, preguntó, y terminó preocupandose más y enloqueciendo un poco mas tarde.

Comenzó la búsqueda, el señor de la tienda, la viejita que vendía dulces afuera, un par de mamas medio histéricas, la privada entera enloquecida, vecinos, amigos buscando a la mirruña hasta en los garages, mis hermanos con la conciencia un poco mal trecha, con susto pasaron un par de minutos enteros pero yo no aparecí por horas. La verdad no me di cuenta del tiempo yo cansada y aburrida tomé mis cartulinas, y mi mochila, me enfilé para la puerta que ya estaba de nuevo abierta atiborrada de niños que salían y de pronto la vi entre el tumulto, apretujones y gritos, ahí estaba ella en medio de personas manoteando, tomandose la cabeza con ambas manos, casi como en cámara lenta lo recuerdo perfecto, dos señoras la escuchaban atentas, hasta que una me señaló y mi mamá creo que lucia rara... cuando me tallé los ojos ella antes de decir nada se giró de pronto.

... no entendía nada, parpadié y estaba ya a milimetros de mi abrazándome como si yo hubiera llegado de un viaje, como lo hacía mi abuela, creo que ese abrazo duro mucho, casi me saca las tripas creo, casi se me salen los ojos, ese abrazo no lo olvido... ocasionó que la camorra que traía se esfumara por completo; Sin embargo yo solo quería irme a casa, me gustaba mucho ese abrazo, pero quería llegar a pintar en mi libro nuevo, tenía hambre ahora si me comeria el guisado, quería ir a jugar, seguro mi perro estaría aburridisimo sin mi desesperado esperándome.

Se soltó a llorar de pronto, tomó mi mochila y asintió con la cabeza, su mirada era extraña yo recuerdo que abrazé mis cartulinas y le di dos besos por cada ojo, creo que la vi muy aflijida... acarició mi cabello que seguro odiaba y me llevó en brazos sin decir nada. La verdad, mucho tiempo no entendí porque mamá de pronto se comportaba rara en mi primer dia de escuela. Yo asumí que me extrañaba, pero no entendí porque ni por eso me sacó de ese lugar.

Al día siguiente me castigaron porque no llevé las cartulinas.


Dias de lluvia.

Aún podía escuchar la lluvia afuera, pero aún así me volví a asomar a la ventana para confirmarlo. Al ver que diluviaba me sentí triste y me sentí enojado, apenas me dí la vuelta, con ganas de golpear algo, un rayo iluminó parte de la habitación y vi de nuevo esa pintura que me daba tanto miedo ¡parecía de un bosque encantado! Y el trueno que siguió unos segundos después me hizo pegar un tremendo salto.

Era un bosque tenebroso, pero ahora me parecía que atrás de mí estaba más obscuro y era más peligroso, así que me adentré en él con cautela. Avanzaba en silencio y tan deprisa como podía cuando me pareció escuchar algo. De inmediato alisté mi arco. –“¿Quién vive?” Pregunté. –“Somos los hombres del bosque.” Contestó una voz. ¡Eran mis hombres! ¡Qué alivio!

Mientras nos dirigíamos al claro del bosque dónde acamparíamos escuchamos un carro con caballos que cruzaba veloz por el camino a la orilla del bosque. El conductor parecía tener prisa y esto hacía el viaje bastante incómodo, pero esto no me importó mucho, mientras antes llegáramos al pueblo, más pronto terminaría mi tarea y más pronto regresaría a la ciudad ¡la campiña me incomoda!

Me habían mandado traer de la ciudad para investigar unos misteriosos asesinatos que los hombres del pueblo decían, eran obra del diablo, quien actuaba a través de un jinete decapitado. ¡Tonterías y supersticiones! ¡Eso es lo que era! Cosas de la gente ignorante del campo.

Por un instante me sobrecogí al creer haber visto a un jinete sobre su caballo, entre los árboles, pero de inmediato reconocí que debería ser mi mente jugándome una mala pasada. Y aún así me sentí aliviado al ver que el pueblo estaba ya a la vista y al fondo, al pié de la colina, un pequeño castillo con una gran torre y una ventana en lo alto.

Un rayo reveló la figura de un hombre en la ventana de la torre. Y un nuevo rayo hizo que saltaran chispas de cables y aparatos en mi laboratorio, en lo alto de la torre. –“¡Energía, necesitamos más energía!” Grité, mientras que mi asistente movía una palanca en un dínamo y me contestaba –“Sí, amo ¡Sí!”

Miré de nuevo por la ventana. A la izquierda avanzaba de prisa una hilera de hombres con antorchas, la gente del pueblo que quería detener mi experimento, a la derecha la tormenta crecía sobre el mar y a lo lejos se distinguía un gran barco alejándose. Sentado en el fondo del barril sólo se escuchaba el ruido del mar y el constante balanceo del barco me arrullaba.

Me debí haber quedado dormido un instante cuando me despertó el ruido de unos pasos, pasos de varios hombres que se acercaban. Me quedé inmóvil en el barril y pronto distinguí la voz de John Silver el Largo (“El Largo” *jiji*) que hablaba palabras de motín. Por la redonda abertura arriba de mí se distinguía la luna llena, –“¡Pronto!” Dije para mi en voz baja, mientras me aseguraba de estar bien sujeto a mi asiento y revisaba una última vez los instrumentos.

Con una gran explosión nuestra nave salió disparada hacia el espacio ¡como una enorme bala! Nos movíamos muy rápido y la luna se acercaba de prisa cuando una pequeña voz proveniente de afuera gritó mi nombre. ¿¡Qué!? ¿¡Una voz afuera!? No hice caso, pensé que serían los efectos del espacio, volví a revisar los instrumentos y de nuevo esa voz, que esta vez reconocí, gritó mi nombre.

Rápidamente me puse de pié y miré por la ventana ¡había dejado de llover y mis amigos ya se habían reunido afuera! Saludé con el brazo y dos o tres de mis amigos, que miraban hacia mi ventana, regresaron el saludo agitando sus brazos también. Aventé el libro a un lado, tomé el balón y corrí a la puerta.

Apenas estuve afuera de una patada envié al balón lejos, corrí y dí un gran salto para caer en un charco con los dos pies, mientras dentro de la casa mi mamá me gritó –“¡No regreses tarde!”

Love seat

Siempre que me preguntan de mi niñez, respondo que fui una niña bastante tranquila. Nunca di problemas y las veces en que mi trasero estuvo en riesgo por alguna travesura las puedo contar con los dedos de una mano. Era una enana solitaria e introvertida que aprendió a leer y a escribir desde antes de ingresar al preescolar, auxiliada por mi hermana mayor quien seguía la fina tradición familiar de joder al más pequeño de la especie.

La casa que recuerdo fue la primera propiedad de mis padres. Pequeña y cálida, era una mansión comparada con las vecindades donde mis otros hermanos habían dado sus primeros pasos. Teníamos un pino y una pequeña palmera que mi padre trajo de su pueblo natal, San Ignacio, el paraíso de los huevones bajacalifornianos, según las leyendas locales.

Había pocos muebles, pero el que siempre está en mi memoria es aquel sillón café de dos plazas. Tenía una hendidura que delataba sus muchas mudanzas, pues como un animal viejo era trasladado pesadamente a cada nuevo domicilio. Muchas veces absorbió mis lágrimas: recuerdo que me tiraba sobre él a llorar desconsolada, con mi uniforme verde del preescolar. No quería ir. Odiaba tanto tener que dejar mi casa y caminar media hora hasta la institución llena de escuincles llorones que no sabían contar, escribir o siquiera pronunciar bien su nombre cuando eran interrogados por la maestra, esa mujer de mediana edad, blanca y con cabello corto que aún se acuerda de mi. Pero sobre todo odiaba al auxiliar de la clase: un tipo delgado y solitario, que al verme en el patio me decía que era una niña hermosa y bien portada, que todas deberían ser como yo y me sentaba a su lado.

Cuando se llegaba la hora de ir a la escuela me entraba un ataque de pánico terrible. Sabía lo que me esperaba pero no tenía el valor de gritárselo al mundo, de buscar el auxilio de mi padre, quien aunque pudiera matar a diez hombres por tenerme a salvo, en esta ocasión no atinaría más que a consolarme. Por esa razón, solo me tiraba a llorar como enajenada sobre el sillón café, oliendo el polvo acumulado durante días, sintiendo el rasposo terciopelo en mis tiernas y húmedas mejillas.

Hace poco le reclamé a mi madre. Nunca me dijiste nada, fue su estúpida respuesta. ¿Nunca? ¿Y mis ojos hinchados no eran una señal? Chingadamadre, si nunca lloraba mas que en esos momentos creo que algo andaba mal. Pero usted jamás admitiría un error, la señora perfecta, la dama que estaba atenta de sus hijas y las quería por sobre todas las cosas y atendía cada detalle de nuestra vida.

¿Pues sabe que? No. Usted fue la causa de uno de mis grandes traumas de la infancia: aún la recuerdo con ese cepillo rojo en mano, jalando mi corto cabello café para reunir la mitad de él a escasos dos dedos de mi frente. Parecía pinche Dodo con ese peinado de mierda. Pero te veías re-bonita peinada como palmerita. Por eso ando greñuda por la vida.

Sólo mi abuela

Mi abuela, la única persona que ame en realidad durante años (aunque suene horrible es cierto), me quiso de una forma única, me cuidó cuando pudo, me consintió, pero hoy me doy cuenta que fue la única que me tomó bien la medida. “Niño, ¡genio de vívora desde tan chico!, como tu abuelo”, me decía, “si eres mustio; quién te la crea”. A los demás en cambio, les tomó tiempo.
- - -
1. Mi madre.

Madre - ¿Y eso Mauricio?.
Pequeño -Es un camaleón, mira cambia de color y se siente suavecito su pancita.

Madre- ¿Podrías sacar esa rana de la tina, me tengo que bañar para ir a trabajar.

Madre- Ya encontré a tu hamster, ¡lleva dos semanas viviendo adentro de la caja de galletas en la alacena!.

Madre- ¿Qué traes ahí ahora?.
Pequeño- ¿Eh?, ah, no nada... bueno.. bueno... un gatito pero está chiquito.

Muchacha del aseo -¡Señora! ¡Venga! ¡Se mueve el musgo del nacimiento!.
Madre -No lo puedo creer, mugres tortugas, con que ahí estaban.

Abuela -Oye ya me harté, y no es gracioso, no te rías.
Madre (entre risas) -Mauricio, quita de ahí la jaula de tu perico por que le sigue aventando zanahorias a tu abuela cada vez que pasa.

Madre -¿Un ratón?, ¿estás loco?, ¡se lo va a comer el gato!.
Pequeño -No... lo va a querer... porque se llama Mauricio, como yo.

Pequeño -Ah, ¿éste?, es un pajarito, no puede volar, hay que ayudarlo.
Madre -Muy bien, pero, ¿por qué en mi closet?.

Pequeño -Mamá, ¿tú abriste mi caja?.
Madre - ¿Cuál caja?.
Pequeño -Mi circo de cochinillas.
Madre con ojos desorbitados -¿¿Tu qué??.
Pequeño -Mi circo de cochinillas que me traje de la casa de Cuernavaca, todavía no saben hacer nada pero yo las voy a entrenar. Es un negocio que estoy poniendo.
-
Conclusión: Uno puede estar seguro del amor de una madre a la naturaleza cuando después de dos meses de encontrar cochinillas hasta en la caja de sus cosméticos sigue queriendo a los animales y tolerando al demonio que le tocó por hijo.

2. Mi tía.

-Oye, ¿y si tocamos el techo? -Le dije a mi prima.
Con cara de ilusión ciestionó -Cómo.
-¡Podemos hacer una montaña con algo y llegamos al techo!.
Excelente idea. El techo, tengo que aclarar, era de una casa grande de la colonia Anzures, sí exacto, de esos altos, altos, altos. Y como soy un niño muy conciente usar una mesa o algo así era peligroso entonces... ya se... ¡ropa!, hagamos una montaña de ropa y llegamos. Y así ese par de engendros del infierno empezaron a sacar toda la ropa de mi prima y a apilarla contra una pared para hacer una divertida montaña que aparte nos podría servir para deslizarnos, wow, ¿cómo no lo pensé antes?. Pero pues no, no era suficiente para lograrlo, mi prima, siempre una gran colaboradora pensó entonces; ¡El closet de mis papás!, claro, buena idea y después el del otro cuarto y también las comodas de la ropa interior y así cada tela que se nos cruzó por la casa mientras mi tía ocupada en sus labores confiaba en nosotros.
-
Conclusión: Mi tía de repente escuchó las carcajadas de este par que efectivamente rodaban desde el techo hasta el piso en una montaña para la cual debemos haber usado hasta las cortinas. Tía, te quiero. Jamás podré olvidar tu cara cuando entraste a la recámara. ¿A que nunca pensaste que se podía alcanzar el techo apilando ropa?. Te agradezco tu paciencia y los siguientes 7 años que debes haber pasado doblándola.

3. Mi padre.

Esta creo que es la marca la división entre mis fregaderas de niño y las de adolescente. Tendría unos 11 años y de regreso a aquella pretenciosa ciudad del extranjero en la que fui críado, mi padre y yo camínábamos por una famosísima calle que en ese entonces era un asco (hoy está remodelada y yo la sigo viendo un asco). Nos metimos a una tienda de tonterías y el hombre perdía el tiempo viendo libros. Yo me aburrí. Entonces me salí de la tienda, sin avisar por supuesto y caminé por la calle unos pocos pasos hasta pararme afuera de un local que tenía este letrero “Peep Show. Live Sex”. Aunque confiezo que claramente no tenía yo idea de qué podría encontrar adentro, no hubo el menor dejo de ingenuidad en mi acto pues yo hablaba el idioma desde siempre y entendía perfecto. En la entrada estaba sentado un joven de color como de dos metros que se mantenía ocupado contando dinero, muy concentrado él, tanto que no notó cuando el muchachito se metió a ese lúgubre pasillo que llegaba hasta un salón final a media luz y que olía horrible, recuerdo eso, mentiría si digo que vi algo, había bastante gente parada alrededor de una especie de tarima en la cual estaban los “actores en su acto” pero evidentemente dejaron ellos de ser el centro de antencion cuando entré yo y los ojos asustados de los asistentes se me quedaron viendo, recuerdo que pensé “tú tranquilo” y muy cool me traté de acercar al escenario para ver el show cuando de repente sentí que dos manos me alzaban de los hombros y en un acto de rapidez descomunal el cuidador de la entrada me sacaba furioso “What the fuck are you doing here?”. Me puso en la calle y entonces vi en la acera a un hombre que reconocí como mi padre con la cara blanca por no encontrarme por ningún lado, luego mucho más blanca por ver de dónde me habían sacado.
-
Conclusión: Después de que el hombre le gritó “is this your child?” y lo amenazó hasta con llamar a la policía por abandono y negligencia, mi pasmado padre y yo camínabamos de nuevo hasta que rompió el silencio y preguntó temeroso“... y... ¿qué viste?”. “Nada”, respondí. “Nada”. Nunca me creyó por supuesto.
-
Dedicado a aquellos que le dicen a su hijo "No te detengas, tú lo podrás lograr todo en la vida".
JA!.

El Niño

Me chocan las mujeres que le tienen miedo a los bichos, que gritan como locas con las arañas, o que corren despavoridas con las abejas Yo no salgo corriendo, pero cuando veo una rata me da una especie de horror que no puedo soportar, no grito claro, pero si puedo quedarme ahí petrificada y con ganas de que llegue alguien a salvarme.



Cuando tenía 5 años a mis papas se les ocurrió que como ya sabia leer, hacer sumas y restas, era buena idea que me sacaran del kinder y me metieran de una vez a la primaria. Asi que ahí andaba yo con mis pelitos lacios y mis piernitas colgando de una batota gigante, caminando por la escuela, y como era la mas chiquita de edad y de estatura, era la mas consentida, y pus no porque fuera yo, pero era una criaturita digna de causarle ternura a cualquiera.

Yo tenía una maestra que le decíamos Betty, era la mas bonita de la escuela, delgada, de cabello castaño claro y largo, y también estaba bien pinche loca, tenía la manía de buscarnos castigos complejos, como si estuviera en un concurso, el más popular y terrorífico para nosotros, niños de primer grado, era que nos hiciera correr por toda la escuela a la hora de clases, a las niñas que usábamos pantalón debajo de las batas, nos las quitaba y se las ponía a los niños, les pintaba los labios y los sacaba al patio para que corrieran dando vueltas y vueltas.

Y a las niñas, pues nos hacia que nos fuéramos al ultimo patio de la escuela, ese donde van dejando todas las sillas y mesas que se tienen que arreglar, con la misión de encontrar un palo y ¿que creen que quería mi querida y adorada maestra?, pues nada mas que cazáramos una rata para que muerta, se la lleváramos y ella se encargara de hacernos una torta que nos teníamos que comer enfrente de ella.

Yo me imaginaba mi torta con un bolillo grande, del cual se asomaban unas rebanadas de jitomate y lechuga, y por ahí se asomaba la cola de la rata que le había llevado a la Miss Betty.

El recuerdo de salir de cacería es nebuloso, si si, con neblina y todo, me recuerdo corriendo con un palo, y con el griterío de mis compañeras persiguiendo una rata que nunca vi, pero que todas decían que por ahí iba. En algún momento nos topamos con los niños del salón que venían corriendo en sentido contrario con sus batas y labios rosas, y queriendo y no queriendo chocamos de frente y salimos rebotando entre todos.

Había un niño en el salón, que por más que hago no puedo recordar su nombre, así que le vamos a decir “Niño”, y pues resulta que Niño, cuando estábamos todos tirados en el piso, empezó a revolcarse, y a los demás chamaquitos se nos ocurrió, en lugar de averiguar lo que le pasaba, imaginar que a Niño lo había mordido la rata, y que en cuestión de segundos le había dado rabia, ¡ah la mente de los niños!, así que si nuestro compañero estaba tirando revolcándose en el piso, con un poco de espuma en la boca, era porque estaba rabioso.

Todos los escuinclitos estábamos rodeando a Niño, empujándose contra él, hasta que se les ocurrió empujar a la mas chiquilina que por más fuerzas que hizo, no pudo detener la inercia y cayó encima del rabioso, ¿y que pasó?, que Niño en su terror de lo que le sucedía y con la intención de que alguien lo ayudará de las convulsiones que estaba sufriendo, se afianzo de mi pantorrilla y no me soltó durante todo el tiempo que estuvo ahí tirado.

Alguien llamó a la estupida de la maestra y de lo demás no me acuerdo, de verdad, no se que pudo haber pasado después, no recuerdo como me soltaron de esa mano que se aferraba a mi, ni como me sacaron de la escuela, ni mucho menos que paso después con Niño.

Solo me veo en la casa de mis papas una buena temporada, que me ponían compresas en la frente, y fue la primera vez que me avente mis medicamentos para los nervios, si, a los 5 años.

A la imbecil de la maestra no le valió lo bonita que estaba y la despidieron.

A mi, no se me borro durante años y años de la cabeza, que a Niño de verdad le paso eso porque la rata lo mordió y le pego la rabia.

Odio las ratas.

Sin huevos.

El día apenas comenzaba en ese fraccionamiento de interés social en los suburbios de la ciudad, yo tendría alrededor de 7 u 8 años, caminé hasta la sala, encendí la televisión y di la vuelta un par de veces a los canales en busca de alguna buena caricatura o un buen show dominical que no fuera chabelo porque moría de envidia de no estar en el programa ganando bicicletas, juguetes o demás superpaquetazos de muebles Troncoso como todos esos niños felices.

Después de un rato tuve hambre, hice lo que cualquier niño de 7 u 8 años haría, despertar a su mamá para que le hiciera desayuno. Mamá se levanto a cumplir mi capricho pero cuando abrió el refrigerador ser dio cuenta de que teníamos un problema, no había huevos. Mamá hizo lo que cualquier madre haría en una situación como esa. Mandar a su hijo a la tienda por huevos.

La tienda más cercana quedaba a 4 cuadras, abarrotes el dado, esto suponía un problema enorme para mi, en el camino a la tienda había varios perros, los perros hasta la fecha siempre han sido una de mis fobias, entonces ir por mi desayuno era un reto a mi valentía.

Emprendí mi travesía con una vara que me encontré al salir de mi casa, pasaba de una acera a la otra para evitar contacto alguno con los perros, al menos de ida me funciono perfectamente.

Llegue a la tienda y la mitad de la misión había sido cumplida, entré y disfruté del olor a tienda pueblerina que abarrotes el dado me ofrecía, pedí un par de huevos, me los dieron y asunto arreglado. Cuando salí de la tienda escuché el ruido que los señores del camión de la basura hacían con los botes. Era domingo de basura, esto hizo que a mi, con los huevos en la mano, se me hiciera un nudo en la garganta.

Siempre que el camión de la basura andaba por las calles los perros se volvían locos y empezaban a ladrar y a atacar a los señores de la basura, el regreso a casa iba a ser muy peligroso, con una mano para defenderme lo más seguro es que terminara devorado por el negro, el tobi y el rayito, los perros más bravos de la cuadra, tenía que pensar en una solución.

Después de pensar un poco tuve una idea fantástica, sacar los huevos de la bolsa de plástico y meter cada uno a cada uno de mis bolsillos y así tendría dos manos para defenderme, agarre una piedra con una mano y con la otra sujete con fuerza la vara con la que había salido de mi casa. Sería difícil, pero sabía que lo lograría.

Llegue frente a la casa del Tobi y ahí estaba el muy cabrón, con las orejas paradas y en posición de ataque, mamá decía que siempre lo ignorara y así no me atacaría, pero no pude evitar voltear a verlo, cruzamos miradas y el miedo me invadió, empezó a caminar hacía a mi, cada vez más rápido, ahora tenía un problema.

Mis piernas por un momento se paralizaron, le arrojé la piedra que tenía en la mano pero nunca he tenido buena puntería, la vara no representaba ninguna garantía de seguridad, así que hice lo que  Forest Gump y yo mejor sabíamos hacer en situaciones como esa. Correr.

Corrí en dirección opuesta a mi casa porque si lo hacía al revés tendría que pasar por las casas del rayito y el negro, solo habían dos cosas peores que el tobi corriendo detrás de mi,  una de ellas era el tobi, el negro y el rayito corriendo detrás de mi.

Cuando tobi dejó de perseguirme y recuperé un poco el aliento me enfrentaba a un nuevo problema del que no había dado cuenta por obvias razones. En mi pantalón se dejaba ver un liquido brilloso escurriendo en ambas piernas. La otra cosa peor que el tobi detrás de mi era la putiza que mi mamá me daría por llegar a casa con los huevos rotos. Empecé a caminar con lagrimas en los ojos deseando encontrar dinero tirado en el suelo para comprar otro par de blanquillos, pero todo fue en vano.

Las personas empezaban a verme llorar con cierto grado de interés y curiosidad, pero nadie hizo nada. Después de un rato empecé a pedir dinero a quienes me encontraba, pero no tenía mucha suerte, según que no traían cash. Ojetes.

Llegue al lugar donde unos albañiles/veladores tomaban cerveza en la construcción de la escuela de la colonia, estaban bien pedos, me puse frente a ellos y les conté mi triste historia envuelto en lagrimas, no supe si los conmoví o querían que me fuera a la chingada para que siguieran pisteando, me dieron algunas monedillas, suficiente para que comprará un par de huevos y una golosina barata. 

Después de comprar los huevos emprendí de nuevo el camino a casa, aún sin preocuparme de los pinchis perros que tendría que lidiar, a lo lejos vi a un señor que se dirigía a con los perros, tenía una oportunidad, tenía que correr con sumo cuidado si no quería ir a molestar de nuevo a mis amigos albañiles borrachos, cuando lo alcancé era justo frente a la casa del tobi, en eso salió el pinchi perro pero como iba con el señor este provocaba algo de temor en el animal, porque solo ladraba pero no se me acercaba. después pase por las casas del rayito y el negro y paso exactamente lo mismo. La aventura había terminado, llegué después de un buen rato a casa, con los ojos chiquitos de haber llorado tanto y los latidos del corazón aún acelerados, cuando entré a casa mi mamá me preguntó la razón de mi tardanza, decirle la verdad me valdría horas y horas de carrilla, así que le dije que había mucha gente en la tienda, lo irónico es que no desayuné huevos, porque tampoco había gas, pero comí los sandwiches más gloriosos de mi vida hasta aquel entonces. Tanto pedo pa’ cagar aguado.