Papatambién

Mamá come. Papá come. Hermano tiene la mirada en las patatas; no come. Mamá dice: que ayer vi a tia Lena en el mercado, llevaba un pato vivo entre las manos y yo "¡Lena!". Papá ríe. Hermano ve las patatas. "¡Cómete eso o déjalo en el plato!" grita papá. Mamá sigue hablando. Hermano se levanta de la mesa. El trayecto del comedor a su cuarto es corto, lento, infinito. Mamá toma las patatas de hermano y las pasa a mi plato. "Come, que te queda más" y me las llevo a la boca antes de decir que sí. Hermano tiene días sin comer, y yo días comiendo de más (Las patatas son buenas, pero no si se les come en exceso día tras día tras dia y no tenemos perro para dárselas). Termino la comida y voy al cuarto. Hermano está boca abajo en la cama, con la cara sumergida en la almohada como dormido sobre una nube en días de lluvia. Se escuchan gritos fuera; la voz de papá cuartea las paredes y las hace sangrar. Hermano aprieta su nube con el puño y se va hundiendo sobre el colchón. Hermano calla. Mamá entra al cuarto, con la cara derretida y nos mira. "Vayan con papá y díganle cuánto lo quieren". Hermano se levanta y hace caso, pero yo me quedo frente a mamá, y su rostro se defragmenta poco a poco, hasta que no quedar nada en ella. Las patatas son buenas, pero no cuando se les come en exceso. Papá atornilla con sus ojos a hermano, y hermano nunca come, hasta que se levanta y yo como patatas de más. Las patatas antes no me gustaban, después me agradaron demasiado. Entonces comencé a comerlas de más y ahora no las quiero. Mamá tiene cara de patata. Papá tiene cara de patata. Yo tengo cara de patata. Hermano sólo tiene su cara, porque no ha comido patatas en semanas. Cuando papá come se ve el universo que se extingue en su boca, en la cucharita de metal. Mamá siempre come y nunca se ve nada, como si toda ella estuviera vacía y la comida sólo fuera a dar a un agujero negro. Hermano cuenta los cuadros en el mantel, los dedos a lo largo de la mesa, dobla la servilleta hasta que es tan dura que me puede pegar con ella. Hermano tiene las manos delgadas y pequeñas, y sus ojos son como dos naves en un puerto, y se pierden por la noche. Los ojos de papá son dos esferas azules, parte de su universo. Mamá no tiene ojos, y sólo tiene, en la cara, dos esferas oscuras que muestran ese agujero negro en su interior. Mamá dice "Ve y dile a tu papá cuánto lo quieres" y me salgo del cuarto porque mamá dice que yo quiero a papá, y mi hermano dice que mamá quiere a papá. Papá dice que él quiere a mi hermano. Entonces yo debo querer a alguien, seguramente a papá. Cuando llego al comedor, papá abraza a mi hermano y sus brazos se mezclan como la masa de las galletas. Llego y es como si fuera de ellos la casa, y mamá dice que la casa es de todos, de todos. Al fondo en el cuarto escucho a mamá, que dice llora de felicidad porque papá quiere mucho a mi hermano. Creo que tiene razón. Mamá llora por las noches y la oigo. Me acerco al comedor y está ella pelando patatas como si pelara cebollas, porque llora y llora más, y si le digo que llora me dice que es mi imaginación y me manda a dormir. Pero mamá llora por las noches y la luna disfraza las patatas como cebollas. Yo no sé por qué tanto alboroto; es sólo su cara de patata que llora, y a veces me duele pensar y siento que vomito, cuando pienso que algún día también esa me la tendré que comer, en exceso y en silencio.

Balada para Vos

Cuando yo tenía 15 años y Bariloche no era mas que la provincia donde mi abuela vivia, solía pasear con mi amigo Mariano, a lo largo de la hilera de arboles de frutilla colorada, que yo vislumbraba desde la escotilla trasera del auto de mi padre.

Mariano tenía 17 años y era de Rosario, vivia en el caserón de a lado contiguo al de los abuelos.

Ese verano su madre habia caido enferma y habían tenido que ingresarla al hospital , como la cosa iba para largo , el padre de Mariano decidió enviar a su unico hijo a pasar las vacaciones con su hermano. Un tio solterón introvertido de profesión profesor, que no tenía tiempo ni energias para dedicarselas a un chaval, de manera que el chico cada verano, se veía condenado a vagar por los jardines de ese caserón, persiguiendo lagartijas y tirandole piedras a los gatos.

Fue cuestión de días que nos conocieramos y nos hicieramos inseparables.

Nuestras diversiones no eran nada del otro mundo, el se reía bobo sobre mi acento particular, me llamaba mina gaditana por mi origen y decía que hablaba "suavecito" a pesar del seseo de mi padre inexplicable; preguntaba cosas sobre España y Mèxico mezclados con su tono italianizado y gracioso.

Me enseñó algun par de palabras en lunfardo, a cebar mate y escuchar a Gardel y su Tango
ataviado con su remera eterna del che y una boina, creo que lo hacia verse cómico, mi padre nos daba dinero que el llamaba güita y con una poca comprabamos quilmes.

Cada verano era fantastico, llevaba postales de Rosario y me mostraba fotos de el barrio de la Boca con casas de madera coloridas. Mi padre accedió dos ocasiones y nos llevó a Baires , había oportunidad de caminar por el barrio de san telmo, comer pizza y empanadas de tomate, en los boliches de palermo y Corrientes.

Perseguimos a las palomas frente a la casa rosada, comiamos migas de pan y el obelisco fue testigo de nuestro primer beso; Al morir la tarde emprendiamos el regreso. Desde el avión veiamos Puerto Madero y el Rio de la plata que nunca me pareció tan bonito pero Mariano lo describía tal, que siempre tengo imagenes poeticas sobre ello. Las tardes en Bariloche no eran tan bonitas como en Rosario, según el, y sus ojos se precipitaron los siguientes veranos bajo el filo de mi falda que el insistia en levantar para ver mi bombacha

Me hacían gracias sus palabras lunfardas pero mas nos hacía gracia pensar, que cuando fuera Primavera yo estaria en Invierno, a veces tirados sobre el llano nos restregabamos los ojos una y otra vez viendo al paso nubes grandes de miles de formas y todas las mañanas en esos veranos respirabamos como para comprobar bajo ese cielo, que todo seguia en su sitio. Nunca vi un cielo mas azul que ese.

Nos prometimos el uno al otro que a lo largo de los años nos enviaríamos postales para confirmar que seguiriamos "enganchados", pasaron algunos años y recibi del Barrio de la Boca, de Santa fe, de Córdoba y del la tierra del Fuego, en reciprocidad yo le envié otras cuantas junto con besos despostillados que me guarde a mi regresos atropellados. Después los envios cesaron, por separado y por diferentes razones ninguno envio mas postales.

El volvió años mas tarde en verano a Bariloche yo jamás regresé a causa de mi padre y su trabajo, mi abuelo alguna vez me contó que su madre murió irremediablemente y que la habían enterrado en Recoleta un cementerio renombrado en las afueras de la capital porteña, Mariano se volvió callado y reservado y jamás vi sus ojos aceitunados.

Cuando juega Boca Juniors me acuerdo de el, a veces los dias 28 de cada mes cocino ñoquis en su honor y aun conservo en mi billetera cafe aquellos patacones y una margarita seca que el me dió con esa voz de alocado que decia : ¡Viva! ¡Viva!",los locos que inventaron el Amor;
y un ángel y un soldado y una niña nos dan un valsecito bailador.

Nos sale a saludar la gente linda...Y loco, pero tuyo, ¡qué sé yo!

Petates, catres y generales.

Las cicatrices con que la dureza del tiempo se hace presente en los rostros de, éstos, mis antiguos vecinos; ve su reflejo en el inanimado porte de la calle donde crecí.
Detrás de aquel muro encontrarás una vieja casona que a ultimas fechas sirvió solo como refugio de vagos y escondite de drogadictos. Yo mismo he pasado noches cobijado por la falsa cúpula celestial cuando mi hogar pierde el derecho se llamarse como tal.
Estos muros tapizados conservan la fuerza que contagia a quien roza el detalle que aquí vaciara algún talentoso entusiasta. Su historia se desvela en caída libre cuando se lee correctamente. Aquí, por ejemplo, podrían descansar los indios en sus petates, sus mujeres en catres, y sus hijas en las camas con los generales. Pancho Villa no tomaba, por eso nadie se explica su refinado gusto en licores. Es el olor de las mujeres, decía, lo que me embriaga; y los vinos comparten la acidez o dulzura al igual que una señora madura o una virgen descalza. Méritos para el cuatrero que hubiera descansado con seis sin huaraches en la alcoba de honor. Acá no se metían los hacendados por la pobre fachada de la casona que de lejos no se distingue entre una iglesia o un establo.
La casona se iluminaba en vida al grito de allá vienen los dorados. Refugio de ladrones, y cárcel y tumba para los cautivos de la revolución. Para la que fue construida y por la que ha de dar la vida. El esplendor que no se ve en las pompas citadinas se hace presente noche tras noche, de orgía en orgía en los patios traseros a donde los niños se les prohibía ir. Pero prohibido es una de esas palabras que la revolución tachara del vocabulario generacional: por eso el hijo de la Tomasa se fue a buscar a su mamá; con cinco años en la guerra, a sus siete no sabe donde está el límite que los adultos imponen en un lugar donde todos son infantes mentales. La Tomasa, así le decíamos todos, no procuró apagar el candelabro y, por esa maldita manía de las indias de dejar que se las cojan con las enaguas puestas, se prendió más rápido que la vela que le metían por el culo cuando su hijo entró preguntando por ella.
La calle donde mis otrora vecinos se reúnen para decidir el destino de esas ruinas de ilustre y vergonzosa memoria, si se permite la expresión, tiene tantas cicatrices como yo caminando de la mano contándole la historia a mis nietas.
¿Y que fue de la señora Tomasa, abuelo?
Disculpa, preciosa, a tu abuela no le gustaría que insultara su memoria.

Habika: la reina de Saba

Desde que llegó a esa escuela la llamaban así todos esos compañeros con abrigos oscuros y su cara blanca como la leche de vaca, que pensaban que eran mejor que ella pero en realidad eran tan desabridos como el matoke de su madre. Y los maestros no eran diferentes, pues la obligaban a convivir con otras muchachas africanas: creían que por el solo hecho de haber nacido en el mismo país tendrían que ser las grandes amigas, pero ni siquiera eran de la misma tribu: ella era masai y Narkeasha era afar. La pastora y la guerrera, ingleses estúpidos.

Cada receso recordaba las áridas regiones de su aldea natal: la choza de sus padres, hecha de barro y ramas cubiertas con excremento de vaca, el ganado que cada madrugada ayudaba a sacar del corral para poder ordeñar a su vaca favorita. Todos los momentos que se bebía la leche mientras que su padre bebía un poco de sangre para seguir fuerte se acabaron aquella tarde que Hakoon, un anciano de la tribu vecina, la pidió en matrimonio a cambio de 3 cabezas de ganado. Su padre aceptó contento.

Protegida por la noche huyó con su hermano Razi, quien no quería ser pastor toda la vida. Cuando llegaron a la aldea más próxima, vagaron por entre la multitud de vestimentas y colores: todos eran parias, escoria de cada tribu. Vio a aquella mujer cuya cabeza colgaba un poco pues faltaba un aro de su cuello, ya que se lo habían quitado por su infidelidad. ¿Qué culpa tenía ella de haber nacido un miércoles de luna llena y por lo tanto tener que cargar cada año un anillo más en el cuello? Costumbres que tenía que aceptar y jamás cuestionar.

El timbre la trajo de regreso al instituto. La mirada avergonzada de Narkeasha le indicó que sabía que conocía su secreto: en la tribu de ella aún se practicaba el njongal jigeen. Se lo habían hecho hace ocho años y cada día ardía como si fuera el primero: la ataron a una roca grande y, mientras la familia observaba algunos metros atrás, la anciana cortó los labios y el clítoris. Cuando empezó a suturar con hilo de caña (para dejar al final un pequeño agujero por donde saldría la orina), sucedió lo que jamás había esperado: gritó. Era tanto el dolor que no pudo reprimir un sollozo ahogado pero en el silencio del desierto resonó como un trueno. Fue inevitable: su familia la exilió pues no podían soportar la vergüenza provocada por esa exclamación ante el indescriptible dolor.

Así habían terminado juntas en esa institución, añorando cada vez más los colores y cantos de la vida "pagana", las costumbres raras que "deformaban" sus cuerpos, así como correr libres con animales "peligrosos"... extrañaba ser parte de una familia.

Todos los días rezaba por los suyos porque seguía adorando a Enkai en secreto. Ese señor de la cruz aún le daba miedo.

LA CASA DE DIOS

El niño se encontraba embelasado viendo el cielo. De pronto recordó que
una vez, su madre, le dijo que ahí vivía Dios. Pero también recordó la frase
de cada domingo del sacerdote de la iglesia de su pueblo, "bienvenidos a
la casa de Dios".

La duda invadió su pequeña cabecilla y fue corriendo a donde su madre
se encontraba:

-Mamá ¿Dónde vive Dios?
-En el cielo.
-¿Y por qué el padrecito dice que la iglesia es la casa de Dios?
-Por que así es, es la casa de Dios, igual que el cielo.
-¿Tiene dos casas?
-¡Uh! tiene muchas. Todas las iglesias del mundo son sus casas.

El niño puso una cara de asombro que la madre notó al instante:

-¿Qué pasa, hijo?
-No...nada...¿Creés que nos quiera regalar una de sus casas?- sus ojos,
brillantes e inocentes, miraban fijamente a la madre.
Esta solo agachó la cabeza.

-No, no creo.-Respondió con la cabeza abajo.
-¿Pero si tiene muchas? - insistia el niño.

La madre no dió respuesta ya al niño. El, al ver que su madre ya no diría
nada salió de nuevo a sentarse a mirar el cielo. Desde ahí podía verse la
enorme iglesia del pueblo, erguida vanidosa e imponente. Detrás del niño
se hallaban las casas de los habitantes del lugar, construidas con láminas
y cartónes roídos.Mirando al cielo y con voz de reclamo, el chiquillo dijo:


-Pero si tienes muchas.

New York City boy!

¿Te platique de la ultima vez que fui a New York?, si, ya sé que te caga ir a Estados Unidos, pero para mi NY no es Estados Unidos, no puedes entenderlo hasta que estás ahí. La primera vez que fui era una puberta, me quede muda cuando llegamos al John F. Kennedy, me valió si era un buen aeropuerto, ¡no podía creer la variedad de gente que había ahí!, estaba el mundo, ¡el mundo entero!, escucharlos a todos hablar al mismo tiempo, cada uno en su idioma, la salvajada étnica me impacto tanto que de verdad no hable hasta que tuve enfrente de mi a esa mujerzota policía de la aduana que me pregunto en español cuando había sido la ultima vez que había visitado los Estados Unidos, en ese entonces todo era más sencillo.

Pero la ultima vez que fui, esa si estuvo surrealista, porque me fui como en un sueño desde que me subí al avión aquí en México, ya sé que te da hueva que te platique de mis enfermedades, pero ¿te acuerdas de aquella vez que un Doctor me hizo veinte mil análisis, para saber porque ya no quería hablar con el mundo y me quedaba jetona halando con la gente a cualquier hora del día? , pues me salio, al final de pagar un pinche dineral en estudios, con que tenia hipotiroidismo, pa´ no hacértela larga, me dio unas pastillitas, chiquititas, que me las tomaba y daba vueltas como la mujer maravilla, charros, adquiría todos sus superpoderes. Me volvía bien girita, y para rescatar los años de oscuridad les dije a los cuates que iban conmigo que yo, que soy una chingonería, les iba a enseñar New York completito

Claro que ellos querían ir al Bronx y esas mamadas, si, yo les dije que si, como no, si se frikearon desde que llegamos al aeropuerto y nos hicieron quitar casi hasta los calzones, que tal que éramos terroristas, con nuestras carotas de mexicanos, ¿que no te ha pasado que cuando viajas te das cuenta de lo mexicanote que te vez? Pues tomamos un taxi y llegamos al hotel que estaba en la 42 y la quinta, yo ya hasta les había hecho el itinerario, ya sabes, hueva pero bien planeado todo. Una me salio con que tomáramos Le Car Rouge, o el Bus rojo, o el Turibus pues, ¿pero como chingados vas a recorrer Manhattan en carrito?, camínenle pa´ que vean, pa´ que huelan, para que en el primer semáforo atascado de gente en el que tengas que cruzar te des cuenta que Cindy Lauper es esa güerita chiquitita que esta parada a un lado de ti.

Al otro día ya estaba con el flaco esperando a todos a las 7 de la mañana en el lobby, nada de desayunar en el hotel, nos echamos un café en un starbuks del subway y a darle. Vamos a Battery Park y de ahí le caminamos para ir al ferry que nos lleva a La estatua de la Libertad, bonito ¿no?, yo acá los espero porque la neta si me mareo. Cuando llegarón me los lleve luego luego a la zona cero, “caminando anden, así se comen todos lo hochos que quieran en el camino”. ¿Vez?, pienso en todo, porque cuando se me agüitarón por las miles de victimas de los atentados, nomás los cruce al Century 21, pa´ que aliviarán las penas en el shoping. Yo, claro era el alma de la fiesta, les explicaba cada lugar, tenía una anécdota para cada ocasión, no me paraba la boquita, ni las patitas, brincaba y bailaba, les cantaba canciones y los hacía reir harto… hasta los deje tomar un taxi de esos amarillitos donde nos tuvimos que separar porque allá si nada de ir en la piernas si no esos árabes guapotes nos mandan a la diablo y no nos llevan.

Cuando nos toco ir a China Town, no manches, ni cuenta me di a que hora a la gente de ojos chiquitos se les hicieron grandotes y ya estábamos comiendo pasta en Little Italy.

Ya ni pa´ que te cuento los demás días, su buen humor se fue convirtiendo en un “ligero” odio hacia mi, no querían caminar más, medio me acuerdo que el Tikos empezó a preguntarles a todos si me habían hecho el antidoping, cuando les hice recorrer la quinta avenida, neta que no entendía sus jetas cuando los pare a comerse un pretzel en Times square, que no les caía bien el negrote ese que los paso a traer, y pequeñeces asi. Cuando nos metimos con unos paisanos de Puebla a que nos vendieron unas manzanas en un Deli fue cuando empezó a valer madre, cuando busque los dólares para pagar me di cuenta que se me acabaron las pastillitas, y el recuerdo de caminar del Museo de Historia Natural al Metropolitan y cruzar por el Central Park, ya no me queda tan claro, ya empezaba a ver todo como en penumbra.

Poco a poco fui dejando de hablar, y los pasos a acabarse, ahí si, deje que tomarán los taxis que quisieran, ya me valia madres.

Para que te digo si me viste muchas veces hacerlo, bueno, te cuento por no dejar. El caso es que habíamos hecho el plan de ir a cenar al Tao, que estaba de súper moda, hasta habíamos hecho la reservación un mes antes, si así de mamones, cuando llegamos ya estaba yo harta de haber caminado todo el día, extrañaba mis pastillitas blancas y solo veía las caras de extrañeza de mis amigos. Nos dieron la mesa y vi alrededor lleno de gente bien bonita, de mujeres guapas y altas, y de hombres musculosos y bien guapotes, ¡puro glamour!pero los veía en cortos, de cada vez que cerraba y abría los ojos, asi que me levante al baño y me encontré con una costarricense que te daba la toallita de tela para que te secarás, por supuesto, me hablo en español, ¿Qué mierda de país es este que esta lleno de migrantes?, Nueva York es “todos”, los españoles, los chinos, los jamaiquinos, los hindús…y las mexicanas que se quedan dormidas paradas frente a la pecera gigante de uno de los restaurantes más famosos de Manhattan, que esta en New York, que esta en Estado Unidos, que esta a un lado de mi país que extraño y que en algún lugar recondito contenía mi camita, si aunque me regañes, extrañaba mi camita.

Y tanto la extrañe que en las fotos que después me mandaron por mail, salen todos diciendo Cheese!, alrededor de un bulto que si vez con detenimiento, descubres que es la que te platica ahora, dormida y recargada en una silla.

De todos modos, ahora que resulto que no era la tiroides, ya no uso las pastillitas, asi que te aseguro, este año que viene, ¡me voy en primavera por decima vez a New York!, igual y me encuentro otra vez a Al Pacino.

私は日本

El niño viró la mirada hacia su abuelo, un hombre de edad avanzada, complexión delgada y abundante barba blanca, vestía su vieja pero elegante yukata que había pasado de generación en generación por los últimos 600 años, todos sabían de que se trataba, era parte de una antigua costumbre en la cual se preparaban para abandonar este mundo y reunirse con los héroes del Japón, tenían ese privilegio por la historia que su dinastía plasmó con rojos kanjis de sangre en la dorsal de su patria.
La ceremonia estaba a punto de comenzar, la familia completa estaba sentada sobre el tatami de impecable limpieza, todos rodeando al sabio hombre de canas impregnadas de cualquier cantidad de sentimientos. Era cuestión de tiempo para que el viejo empezara a hablar, sobre la tierra que le vio nacer después de que el sol partiera el horizonte, de la patria que respetó y amó durante toda su vida, del país del sol naciente.
Y el viejo inició.
Mi honorable madre preparaba un platillo delicioso, cuando niño, siempre adoraba los miércoles, porque sabía que era miércoles de Gyoza, todas las mañanas de miércoles la acompañaba al mercado por los ingredientes, caminábamos por las laderas del río Tama hasta llegar a las plantaciones de arroz en las faldas del Fuji-san, cada día veía con el mismo asombro a ese gigante que, a decir de mi madre se trataba de una diosa dormida que despertaría cuando su pueblo más lo necesitara.
Llegábamos al mercado y había cientos de personas, una combinación de olores agridulces se percibía a la distancia, y todo un espectro de colores deleitaba mi mirada. Mi madre escogía las mejores legumbres para la cena, se veía tan feliz en el acto, cuando terminaba, de su monedero sacaba algo de dinero para pagarle al amable mercader, después de algún tiempo me di cuenta que tenía una moneda antigua con la que nunca pagaba sus compras, un día le pregunté qué hacía especial a esa vieja moneda, si tenía un orificio como el resto de monedas e incluso se veía deteriorada, después de eso me abrazó y se puso en cuclillas frente a mí, apretó mis cachetes y me dijo que algún día lo entendería y que ésta representaba más que una simple moneda .
Al regreso pasábamos frente a los cerezos, lo cual me recordaba lo fantástico de la tradición del Hanami cada año, en aquel entonces disfrutaba del Hanami como nadie más, adoraba ver los pétalos caer como si fueran aves planeando en el horizonte, después jugaba con ellos y los arrojaba hacia arriba para que cayeran sobre mí.
Hoy mi vida se extingue, y por fin he entendido el significado del “Deja que el viento desprenda tus hojas de cerezo” que algún día mi abuelo dijo en día muy parecido a este, entiendo que los años de mi vida puedan ser resumidos en los cinco segundos que tarda un pétalo de flor de cerezo en llegar al suelo, entiendo el significado de aquella moneda vieja y deteriorada que representaba el hermoso compromiso entre mi madre y mi padre, y lo más importante, entiendo lo que significa pertenecer a esta raza de ojos rasgados y amar a mi país por sobre todas las cosas.