Detrás del Escritorio

Don Alejo no me mira de frente. Esquiva mis ojos. Es más, ni siquiera me habla. Llevamos así, en silencio, media hora. Sé que está triste, sus casi lágrimas lo delatan. Juega con el pisapapeles de su escritorio. Juega con la engrapadora y sus plumas. O no lo hace en absoluto. Solo intenta desviar su mente.
Desde que me llamó para que viniera a su oficina, no ha soltado palabra. Supongo que quiere hablar sobre el estado de la compañía, ya que hemos tenido pérdidas por dos años consecutivos, pero, lo puedo asegurar, no es mi culpa.
En estos casos no se me ocurre nada sobre los principios básicos en cuestiones de interrelación humana, o de etiqueta, si así pudiera decirse, entre empleado y empleador, entre suegro y yerno. Es incómodo. Pudiera darle ánimos. Decirle que con la reestructuración ésta compañía saldrá adelante, no sé. Por fin, después de una hora, decido hablar.
─Don Alejo, no se preocupe. Esta compañía saldrá adelante. Con su experiencia y mi empuje verá que resolvemos todos los problemas.
─No importa, así déjalo.
¿No importa? ¿Así déjalo? Pero qué le pasa a este viejo. Ya sé que tiene mucho dinero metido en el banco, y que le pudiera importar un bledo esta empresa y sus empleados, pero ¿y mi vida? ¿y su hija de qué va a vivir?
Otro silencio desagradable, más para mí, que pensaba que la tristeza de Don Alejo era por su empresa.
Que no me salga con que ya le dio remordimiento por dejar a su mujer, mi suegra, por una veinteañera. Maldito viejo rabo verde, si ya tiene su vida hecha con esa mamacita y su dinero. Que me deje la empresa, la vendo en pedazos y me voy a vivir a la costa.
─ ¿Extraña a Doña Lety?
─No. He hablado con ella y estamos de acuerdo que es mejor así, separados.
No me atrevo a pararme y dejarlo allí con su mirada pegada a los objetos del escritorio. Me siento cansado, aburrido, ya son más de dos horas. Yo también comienzo a jugar con las lapiceras. Las cuento, son siete, dos son de tinta roja y dos azul, por lo que se ve en los tapones; las otras tres tendría que usar un papel en blanco para averiguar de qué color es la tinta. Casi todas son de marcas comunes y corrientes, solo dos parecen ser de calidad. Una es Mont Blanc, o una muy buena imitación. Un día de estos la introduzco a mi portafolio, creo que fácilmente me darían unos tres o cuatro...
─¿Perdón? No lo escuché.
─¿Qué si juegas con tu hijo?
No contesto, es una pregunta, a mi parecer, privada. Claro, yo sé que es su nieto, pero pinche ruco, nunca lo visita. De repente le manda regalos costosos. Si uno le pregunta al Luisito por su abuelo, te contesta: “Trabajando, en la fábrica”, pero me cae si se acuerda de cómo es. Yo casi no estoy con él, pero sí entiende que tengo que trabajar para su futuro. Es más para eso están las mamás y los abuelos.
Don Alejo voltea hacia mis ojos, pero ya no es la misma mirada de odio o fastidio, de soberbia, que me demostraba. Es diferente, no sé, como de melancolía.
Don Alejo abre el tercer cajón y saca un trompo de madera, de esos viejísimos, como de un kilogramo. Enreda el cordón y lo hace bailar encima del vidrio del escritorio. Le veo la cara y sus casi lágrimas por fin pierden la vergüenza y ruedan por sus mejillas. El trompo deja de bailar. Mi suegro lo toma. Se levanta de su sillón. Avanza por mi lado, me pide la Mont Blanc, que con vergüenza saco del bolsillo de mi chaqueta. Saca un papel de su bolsillo y anota unos números. Enseguida me regresa el papel, y la pluma. Abre la puerta de su oficina y antes de retirarse me mira y dice.
─Es la combinación de la caja fuerte, allí están todos los papeles de la compañía. Te dejé una carta poder... y otra cosa, cuando yo esté jugando con mi nieto no quiero verte allí rondando.
Don Alejo cierra la puerta. Me pongo de pié y doy la vuelta al escritorio. Me siento en el sillón. Abro el tercer cajón, introduzco la Mont Blanc y unas cartitas de dibujos animados de Luisito que traigo en el portafolio. Me quedo mirando el pisapapeles, me quedo pensando en mi compañía.

Carlos Martín

Con los Bolsillos llenos

Todos sabemos que lo que se puede obtener no es finito, pero al menos indefinido mientras está en forma de dinero. Mientras lo tengo, imagino que existen posibilidades ilimitadas de conseguir cosas que irónicamente terminan siendo decepcionantes una vez que haz cumplido con esos deseos. Por eso llevo esa premisa de no malgastarlo al igual que los deseos.

El dinero, me hace sentir poderoso, es un motivo fundamental que me otorga reputación y reconocimiento. En este mundo hay que tener la mente clara, la cabeza fria y la mirada sin parpadear ante los placeres pues están llenos de materiales con un catálogo muy reducido.

Thierry Magon mi socio, se pegó un balazo porque toda su fe la otorgó en una estupida invulnerabilidad de acuerdos absurdos de acciones, premios , beneficios y stocks dejó mas de 300 millones en el banco con la ridicula oportunidad de haberse pasado bien la vida 300 millones de veces. Me adentré en el mundo Bursátil gracias a mi Padre y mi abuelo, me daba cuenta que ellos se hablaban de Ud. ambos distantes conmigo, en las navidades y en la escuela estuvieron compartiendo conmigo una vasta cantidad de pretextos compensados con regalos para justificar su ausencia, el arduo trabajo que me tocaba era desenvolver y pedir incluso deseos no pedidos. Mi padre decia que proveer demasiado a los hijos de amor o cariño era una sobre protección innecesaria y era malcriarlos de por vida como seres debiluchos y faltos de masculinidad.

Con el tiempo quise ser como él, le admiraba su talento, su astucia y lo brillante para los negocios, conforme fui siendo mayor adopté otro ingrediente fundamental: la falta de escrúpulos. He aprendido que hoy los billetes son cantidades que cambian de columnas en una computadora a velocidad de vértigo, y de una cuenta de hong Kong a otra en Nueva York de manera muy fácil.

Lo que da fuerza al dinero es la necesidad de intercambio, que los seres humanos requieran cosas unos de otros, porque si no no se deseara nada, no hubiera tenido que inventarse. Creo que la gracia del dinero es que tiene un número y no te dice que puedes hacer con el pues hay millones de posibilidades. Hoy mi familia se ha convertido en una verdadera casta poco generosa en el mundo ante los ojos de los demás. Suelen acusarnos de sectarios, pero ante la posibilidad de que se realize una obra publica o se tome una medida que beneficie a la comunidad, preferiría que no se concretara, si es un partido adversario el que puede llevarse el mérito.

La verdad con el triunfo de nuestro candidato ya no puede ser tan reducida la visión que tenemos. Mis posibilidades publicitarias estarán a la alza y la búsqueda o el motivo para que amarré tendra que aderezarse con que me enrede con una actriz o que mi socio compre el equipo de fútbol para abastecer mas el negocio.

Aún pienso que puedo volverme sútil, te cambia la vida y las perspectivas (algunas amistades y compañias) la vida o la suerte, quien sabe. Solo su olor es el que me hace desear estar aqui y no en otro sitio. Ahora debo irme porque mi tiempo es dinero y sería terrible perderlo.

Madoff

En ruta

Tengo suerte de tener este trabajo. Aunque la paga no es tan buena y todos en la oficina creen que son mis jefes, pero este trabajo me da la oportunidad de viajar ¡y eso es lo mío! Justo ahora me mandaron a Las Lomas, a llevar unas facturas a revisión y Las Lomas ¡Son Las Lomas! ¡Pura vieja buena!

De camino a la parada del microbus paso por el puesto de periódicos de Don Chuy y hoy es día que le llega “material” nuevo.

– ¡Ese mi Don Chuy!
– ¡Ahhhh, quiúbole cochinote! Me llego una revista quesque Europea, bien perversota ¡cómo le gustan!
– ¡Chiiido! Horita ando trabando, pero ahí guárdemela, al rato paso por ella.
– Ya’stas cochinote, aquí andamos.

A la mayoría de la gente no les pasa que las micros vengan bien llenas, pero es que ¡no saben aprovechar! A mi eso es justo lo que me gusta. Me subo en la primer micro que pasa para Las Lomas; pago y a puro codazo me recorro para atrás, me detengo frente a una chavita que se ve bien buena, empujo al güey de al lado para quedar bien frente a ella –y ahora sí, reina, ¡ahí te va el animal!– y, con el pretexto de que esto viene hasta su ma’, me le pego y le embarro todo.

¡Uy! ¡Mira nomás que nalga se acaba de subir! Y justo cuando pasa detrás de mí doy un paso para atrás –¡Úta! ¡Qué buena estás!– lástima que se siguió de largo– Pero ahora que baje ¡te doy otra repasada!– Y sí, de bajada le pego un arrimón de campeón. Lástima que traiga prisa, seguro ¡la deje toda mojadita!

Entro al edificio y me dirijo hacia la recepcionista tapándome con el sobre de las facturas; aquí son bien fresas y yo vengo todo calenturioso de esa última sobada ¡no se vayan a poner roñosos!

– Te traigo estas facturas a revisión…
– Siéntate, ahorita te hago tu contra recibo.
– Si…

Nel, que me voy a sentar, si está rebuena y desde aquí ¡veo mejor debajo de su blusa!

– Aquí tienes; que hablen el próximo martes para confirmar cuando sale el cheque.
– Sale… oye, ¿no le puedes poner el sellito ese que luego le ponen? Porque luego me dicen en la oficina…
– Si, claro…

‘Che sellito ni me lo piden en la oficina, pero ya me la sé ¡a-güe-vo! No le despego la vista mientras se levanta al otro archivero y se agacha para sacar el sellito del cajón de abajo ¡Ufff! Me re-cae, Las Lomas ¡Son Las Lomas!

– Aquí tienes.
– Gracias. ¿Me permites tu baño?
– Sí, pásale.

Tres minutos después salgo del baño ¡No mamar! ¡El mejor sexo que he tenido en la semana! De salida le digo adiós a la recepcionista y ella sólo levanta la mano sin retirar la mirada de su computadora, yo también levanto la mano y la agito –¿A que huele, perra?– le digo entre dientes, para que no me oiga.

¡Chale! De regreso la micro viene vacía, así que me siento en una butaca que está sola, con las piernas bien abiertas y con los audífonos a todo, para que no se me vaya a sentar al lado algún machín o una vieja fea.

Llegando a mi bajada desciendo por adelante y, hábil que es uno, me doy cuenta que va subiendo una chava con mini falda y de volada le tomo una foto con el celular , por debajo de la falda ¡claro!

Mientras estoy revisando la foto que tomé y pensando cuántas le voy a dedicar, siento como que alguien me mira; y allí en la ventana del micro una ruca me mira con cara de reprobación, yo me limito a dedicarle mi mejor imitación de Gene Simmons mientras le muestro la pantalla del celular, hasta que el micro se pone de nuevo en marcha.

¡Pinche anciana! ¡Y eso que no conoce a mi cuate el ronchas! ¡Ese güey si es un caliente!

En el segundo recinto

Llegó a casa cerca del mediodía: le gustaba la soledad y el silencio que se respiraba en cada rincón de su santuario. Su hermano en otra ciudad, su madre en la iglesia y el desgraciado de su padre tres metros bajo tierra, a Dios gracias .

Salieron huyendo de las deudas, pues una mujer sola no podría absorber tales compromisos productos del juego, la borrachera y sabrá el demonio que más. Era indignante ver a su pobre madre mendigar por una prórroga de dos días, soportar que la vieran esos infelices con una lujuria que hasta a él le hacía hervir las entrañas. Aunque muchas veces pensaba que si ella accediera a las peticiones de alguno de ellos, su vida mejoraría no tendría que dejar a Vero, a quien le encantaba explorar y hacer que sus mejillas se tornaran de mil colores. Puta a fin de cuentas, como todas las mujeres.

Odiaba el día que tuvo que dejar su pueblo, arrastrando dos maletas, cabizbajo tras su madre. Le carcomía el cerebro recordar a Vero diciéndole: Joaquín, no me dejes ahora… Quiso gritar, patalear y hacer valer su voz, arremeter contra la frágil determinación de su madre como lo había hecho siempre; estaba dispuesto incluso a no respirar, a matar de nuevo a su padre con tal de quedarse, pero no lo hizo. Dejaría de vivir para los recuerdos, tomaría las riendas de su vida como quisiera, abandonó la idea de dios y los demonios y en alguna parte del viaje, su mente torció el camino.

Y ahora se encontraba la jodida carta escrita con la impecable letra de su madre:

Quinito:

Yo te dije que no podías seguir con tus malsanas aventuras…


Desvió la mirada para recordar las tetas blancas y el cuerpo maduro de la que fue su mujer. De su olor a polvo seco, de sus años marchitos y de la locura que tenía en el corazón tan joven. Que a sus 19 años una matrona de tales cualidades lo hubiera seguido como girasol al astro padre era de sus más grandes logros. Cómo la había perseguido por todos los lugares, apelando a su amor, a su inocencia, a su pasión y al último la doblegó con su perversión.

Hablé de tus chingaderas con el señor cura…

¿Qué ella que? ¡Como pudo hacerle eso! Que hablara con ese fósil sobre sus cargos de conciencia era una, pero que le hablara de la vida e intimidades de su hijo no tenía nombre. Ese vejete con ideas arcaicas no podía opinar nada del amor carnal porque simplemente no sabía que era. Volvió a sentir como se le nublaba la vista y su cabeza palpitaba, deseó tenerla de nuevo entre las manos para poder ejercer presión sobre su cálido cuello y arrebatarle el placer de acabar con su vida.

Por la memoria de tu abuela te juro que no puedo vivir con esto. Hoy terminará nuestra locura.

Siempre sacando a su nana en los momentos de arrepentimiento. Debería mencionarla cuando la hacía bramar como perra en celo.

Te espero en el infierno.

Tu madre que te ama.

El reloj se torna extraño


Levántate.

Abrió los ojos y vio 12:54 PM en el reloj. Molesto se dijo que era tiempo de levantarse, se dijo también “en un momento”, como cada día de engaño.

Levántate que no es de seres como tú que se sirve el mundo.
No se hace un destino de vacío y olvido.
Que la quietud sólo es digna cuando de la acción resulta.

Soñando creyó escuchar esas palabras y le molestó que su realismo le hiciera despertar. 4:38 PM. "¿Cuatro treinta y ocho?", Pablo fingió sobresalto como suele hacerlo. "¿Cómo me pude haber quedado dormido?". 5:26 PM. Sentado en un sillón polvoso con un café servido en su sucia taza en medio del silencio y viendo alrededor como si no conociera el lugar, Pablo no pensaba nada, enfrenta de nuevo a la mitad restante de un día sin nombre. 6:10 PM. Se puso de pie y vio que por debajo de la puerta alguien había metido una especie de cuadernillo y se acercó, sin agacharse torció un poco la cabeza para leer su portada.

Y tú. Eres el abuso del universo. Eres el lugar donde se para el tiempo. Tropiezo de la Historia. Los años irían adelante otros mil de no ser por ti, hombre.

“Porquerías de la iglesia otra vez, al rato lo levanto”. Aquel párrafo no tuvo en él ningún impacto y entonces pensó en prender el radio para escuchar ruido. Pero no. Caminó pesadamente hacia su recámara, se sentó en su cama “un momento”, “para pensar qué voy a hacer hoy”. Tomó el control remoto y encendió el televisor. Voces e imágenes cuya profundidad es irrelevante pues Pablo igual se quedará ahí un rato sin importar lo que vea u oiga, como siempre. 7:10 PM.

Y no justifiques tu quietud con raciocinio y letras, no te atrevas a insultar con tus razones de polvo a quien sí vive su fortuna. Levántate. Participa ahora en la escena que te toca y contesta por fin el díálogo cuando te llegue el turno. Cumple. Paga por ese corazón que hasta hoy no ha servido para nada.

“Pero que guión más pendejo”, musitó al creer escuchar ese decreto en la televisión captando por fin un poco de su atención tras haber cambiado canal tras canal incesantemente. “¿Quién escribe eso?, nadie habla así en la realidad” y eso le recuerda su libro, lo voltea a ver en el buró y tiene el impulso de quitarle el polvo de encima, pero no, “al rato que lo lea”, el rato que tenía año y medio sin llegar. De ser un poco honesto Pablo se habría dado cuenta que ese casi imperceptible sentir en su interior se conoce como culpa, pero tampoco, mejor fingir que leo muy seguido e incluso repitió en su mente el inicio del texto que es de donde nunca ha pasado.

Sal, encara la conmoción, deja, cobarde, que el amor te toque, deja, cobarde, que la decepción te torne. Padece el pesar del agotamiento y descubre el abrir los ojos habiéndole dado un día de labor a esta tierra que hoy te exige que formes parte.

“Buen libro” se convence tratando de simular que lo conoce. Pablo se pone de pie y antes de salir del cuarto considera el apagar la televisión, pero no. Ve el reloj, 7:49 PM y le incómoda la imagen, entonces mejor voltearse y no regresar a él en mucho rato para evitar la constante crítica de la circunstancia, mejor aún, voltear a ver la ventana en penumbras y encontrar fácilmente el recurrente “no es tan tarde, todavía hay luz afuera”. Y Pablo tiene hambre.

Porque si aún el despojo se transforma y se procura de un lugar en este mundo. Tú no busques el perdón. Tú, hombre, que te acabas el alimento de los vivos y enrareces su aire, que menguas el ánimo de los que crean y estorbas. Esa es la condena: estorbas.

La voz del pensamiento molesta a Pablo, “Que estupideces pienso, ha de ser el cansancio". Cansancio de qué. "¡Ah, es por esto!”, justifica viendo las muchas botellas de cerveza vacías que ocupan demasiado espacio en la cocina. “es por esto que se me ocurrió esa tontería, esta basura estorba, luego las tiro, cuando me sienta mejor” para él sentirse mejor es no estar deprimido como lo está hoy, como ayer, como siempre desde hace años en los que culpa a todos de su pesadumbre, de lo "injusta" que ha sido la vida con él. Y regresa entonces el único sentimiento continuo y profundo del que todavía es capaz; la autocompasión. Sale de la cocina y en el pasillo se recarga en la pared, recuerda aquella última tarde con Lorena. Pablo se acerca al cajón de una cómoda y lo contempla dudando. Saca de él una nota vieja que fue el último recuerdo que ella dejó antes de irse.

Haces de lo mal hecho una virtud pues al menos hecho está.

Pero al otro extremo del pasillo la visión de la planta seca en la estancia saca a Pablo de sus pensamientos, “esa planta ya se murió, pero si la acabo de regar”. Hace 3 semanas. Vuelve entonces a ver el panfleto religioso de hace horas que por el movimiento del aire ya está a mitad de la sala. Por fin lo levanta y lo abre.

Ha de llegar el día en que el ángel impiadoso se haga cargo, el terrible amanecer en que el demonio ejecutor voltée a verte y entonces serás para la fosa de serpientes, mal planeado castigo pues incluso ellas se empeñan para que tú, que quedas en gran deuda, te hagas a un lado y pagues con dolor lo que por apatía debes. Que es mucho. El universo sabio transformará tu grito en el bienestar de aquellos a los que robaste un lugar en tu derrumbe.

Sin reparar en una sola letra de ese párrafo Pablo arruga los papeles en su mano y los deja sobre un mueble, “luego los tiro”. Es ya de noche y se convence entonces de que es muy tarde para hacer algo. En el cuarto de nuevo sentado en su cama frente al televisor desubre en el piso un periódico con un anuncio subrayado “se me olvidó hablar”, el aviso de un empleo, “mañana” obviando el hecho de que esa edición es de hace 5 días. El reloj 2:45 AM, “que raro, no tengo sueño”. 4:36 AM, “por qué tendré insomnio”.

El arcano se abre y revela. El equilibrio se ha roto y los justos sufren, el Paraíso quedó bajo los pies del caos y la salvación parece imperceptible, es ahora más que siempre que el esfuerzo y movimiento deberán salvar las almas... Y La Pereza, hombre, negligente personaje del drama universal, es insultar a Dios a la cara.

Pablo despierta con miedo y sobesaltado, sudando sin entender por qué un sueño tan absurdo le produce tanta angustia, el reloj otra vez lo censura con su presencia y se voltea para no verlo, se tapa hasta la cabeza con la cobija tibia y cierra los ojos esperando calmarse y conciliar el sueño otra vez. Un hombre nunca se da cuenta que está por ser juzgado. El sordo voluntario jamás descifra las señales.

La advertencia ha sido promulgada y tu sentencia escrita.
Yergue tu cuerpo si eres capaz de atender a esta última voz.
O no preguntes mañana.

Pero Pablo no escucha. La cara del reloj se torna en un extraño objeto con símbolos inentendibles para este ordinario mortal. Pablo abre los ojos con terror al sentir una opresión en el pecho que le paraliza los pulmones, su corazón lucha por persistir sin lograrlo, está petrificado, perdido dentro de sí.

Terminó la labor de Belphegor, que inicie tu Juicio Final, hombre.

Amen.

Como de revista

Cada vez que entraba a esa casa no podía dejar de odiar lo oscura que era, el sol nunca entraba y los grandes y antiguos muebles la hacían sentir más estrecha, aunque le gustaba que fuera pequeña y de una sola planta, así no tenía que desplazarse tanto.
Salía unos minutos a caminar y tomar el sol si el dolor de rodillas se lo permitía, pero la respiración que cada día era mas pesada y cortante la obligaba a regresar.
Casi no recordaba los viejos de sueños de viajar o de planear aventuras. La televisión la entretenía bastante hasta para soñar con las series donde podía suceder todo lo que quería, y si no le gustaba se resolvía con cambiar el canal para que otro sueño empezará.
A veces cuando cerraba los ojos, se veía cuando era niña, su madre le servía enormes porciones de comida, aconsejándole que necesitaba comer para ser hermosa, y olía esos enormes platos con el mismo gozo que se los comía, ¡como extrañaba esos días!
Ahora, compuesta su personalidad de irresponsabilidad e inocencia, estaba segura de que seguía hermosa, no había un solo espejo en la casa, para no ver lo que estaba convencida no era malo. Estaba segura de que lo era, y no necesitaba compartirlo con nadie, así que permanecía días y semanas y meses encerrada en su casa. ¿Para que salir si tenía todo ahí?

Podía prepararse los mejores manjares, experimentando con los libros de cocina que había heredado de su madre, con las recetas vistas en la televisión, preparaba porciones para cuatro personas, no porque quisiera, si no porque hacerlo al pie de la letra la hacia sentirse perfeccionista, probaba cada ingrediente que había pedido al supermercado por Internet, y seguía probando mientras iba transcurriendo.
Después se afanaba en arreglar la mesa, colocando la lujosa vajilla y sus manteles lujosos. Con caminar oscilante y lento, chocaba sus grandes caderas entre los muebles, colocando todos los artificios para que eso se asemejara a los recortes de grandes banquetes que tenía guardados. Lo hacia todo con extrema paciencia, servía los cuatro platos con meticuloso cuidado, encendía las velas y se sentaba en la cabecera del comedor. Conforme iba terminando el plato, se cambiaba al siguiente lugar para continuar con el de a lado. No hablaba, eso de hablar sola le parecía de locos, pero no pudo, por mas que hizo, dejar de pensar en la llamada que la había despertado en la mañana, era su sobrina, la única hija de su única hermana, le había llamado para pedirle ayuda, algún problema de medicinas y hospital, no entendía o no quería entender, le colgo el teléfono, siempre era lo mismo, la buscaban solo para pedirle dinero y exponerle los problemas que no eran de ella. Si al menos hubieran sido diferentes, así su madre no hubiera optado por heredarle todo a ella. Y mientras sus pensamientos la hacían sentirse mas enojada, mas rápido comía los mejillones que había preparado, lo hacia rápido, cucharada tras cucharada, con las manos comenzó a tomar el puré llevándolo a su boca de manera grotesca, pensando que quizás estaba sola, pero era más feliz que ellas, mas feliz porque tenía toda esa deliciosa comida frente a ella, y no tenía que compartirla con nadie, un enorme placer se apodero de ella, cuando se termino el plato y vio que aún le quedaba uno por devorar, rápidamente se levanto con inusual destreza y cuando intento sentarse en la siguiente silla, esta no aguanto y termino sucumbiendo ante el gran peso de su cuerpo.

Después de la sorpresa y del estruendo que ocasiono la silla y los platos que acompañaron al mantel al piso, quedo en completo silencio la casa. Y de pronto una sonora carcajada salio de su pequeña y ridícula boca, el plato había caído casi intacto a un lado de ella. Intento levantarse pero un dolor terrible en la cadera se lo impidió, así que se puso el plato en el pecho y comenzó a saborearlo lentamente. Mientras la risa se empezó a deformar entre carcajadas y una especie de lamentos que se convirtieron en llanto. Aún con eso, cuando recordó que le faltaba el postre se sintió un poco mejor.

Relativo 18

El lugar, una casa en un exclusivo fraccionamiento de la ciudad, la hora, 2:33 de la mañana, los actores, el señor Robles, la señora Robles y yo.

Aquí, semi-acostado, recargado en la pared mientras un haz de luz de la luna golpea mi rostro salpicado de sangre anunciado mi culpabilidad, con un par de cadáveres en la habitación, 18 casquillos percutidos, un poco de humo proveniente de un glorioso cigarro y de los disparos que había hecho, suficiente para nublar mi vista y terminar de entorpecer mis sentidos después de detonar un arma además de sobrellevar el shock de quitar la vida a un par de personas, no puedo hacer otra cosa que recordar como llegué aquí, aún no sé si valió la pena todo esto.

Entrar a la casa había sido muy fácil, además de ser la casa de mi hermano era la casa de mis sueños, todo estaba igual como siempre lo imaginaba, todos esos pasillos y paredes, verme en la cocina abriendo el refrigerador para tomar una cerveza, dirigirme al jardín a sentarme mientras observo a la hermosa esposa de mi hermano limpiar la alberca para después venir hasta mí y robarme el alma con uno de sus besos, decirle que siempre había estado enamorado de ella, decirle que ese momento no era otro que la ilusión que me dejaría satisfecho por siempre, pero no, solo se trataba de un sueño, volver a la oscuridad de la noche ligeramente iluminada por tenues luces fue un golpe fuerte al sentimiento de regocijo por el que acababa de pasar.

Llegué hasta su habitación y los encontré a ambos dormidos con una sonrisa en la cara que hizo que me hirviera la sangre, ver como incluso en un profundo sueño se mostraban felices y orgullosos de la vida que habían construido.

-¿Qué edad tienes?

Replicó mi hermano cuando le dije mis intenciones de casarme con su actual esposa después de que él la conoció.

-Dieciocho.

-Dieciocho es un número muy pequeño, pon los pies en la tierra chaparrín, es demasiada mujer para ti.

No tomé mucha importancia a la bravuconada por parte de mi hermano, no sino hasta que los vi llegar a casa una tarde y darles la noticia a mis padres de su compromiso de boda, me vi envuelto en una sensación de impotencia muy grande, misma que permaneció en secreto gracias a mi introvertida personalidad. Solo dios fue testigo de la implosión de ira que tuvo lugar en mi cabeza.

Por todo este tiempo he vivido deseando todos y cada uno de los bienes de mi hermano, su trabajo, su auto, incluso su esposa, aunado al hambre inconmensurable e insaciable de poder y dinero, se supone que esto cambiaría hoy.

Fui hasta el ventanal de su habitación, abrí un poco las persianas y ambos despertaron, pude escuchar sus pensamientos al ver la mirada de ambos, apenas pudieron reconocerme, se preguntaban porque estaban amarrados y amordazados, no eran tontos así que después de un instante tenían claro cuál era su situación y cuál sería el desenlace más probable de la misma.

-Sabes, siempre fui mejor que tú, en muchos sentidos, fui mejor estudiante, terminé siendo más alto que tú, aunque tu situación actual no es terrible mi futuro es mucho más prometedor que el tuyo, me esmeré por ser mucho mejor persona que tú, aún así no comprendo cómo es que envidio tu patética vida de mierda.

Dieciocho es un número muy pequeño, ¿recuerdas eso? Hoy te voy a demostrar que eres un pendejo una vez más, 18 es un numero más grande de lo que te imaginas.

Saqué dos magnum .357 de mis bolsillos, me subí a su cama y apunté a cada uno con una diferente.

-Cada cargador tiene 8 tiros, además a cada revolver le cabe un tiro en la recámara, confío en que la aritmética básica aún no pasa de moda por tu cabeza, chaparrín, 18 en total.

Después de eso besé la frente de mi hermano y rocé la mejilla de su esposa, ella puso su cabeza en el pecho de mi hermano y empezó a llorar, esto no cambio para nada el final. Vacié ambas cargas en sus cuerpos.

El alivio duró menos de un segundo después de hacer el primer disparo, los siguientes 6 segundos fueron los más largos y miserables de mí vida.