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Las Primeras Luces

Cipriano no quiere despertarse, está lloviendo, es muy temprano, tres treinta de la madrugada. Su cara tiene la marca del tequila que bebió anoche. Sale de su casa, con frío. Camina por el empedrado, cuesta arriba, cuadras de empedrado y agua en abundancia. Camina a oscuras. No sabemos en qué piensa Cipriano, pero podemos especular: No le está gustando la lluvia; está ansioso por llegar, ¿adonde? No lo sabemos, piensa en la resaca que tiene, quiere dormir. Un movimiento de su brazo nos da una pista, se quita el exceso de agua de sus ojos, al tiempo que hace un gesto de repulsión. A Cipriano no le gusta la lluvia. Por su aspecto sabemos que es un hombre de campo, entonces pensaríamos que es una incongruencia que le desagrade la lluvia, pero son solo especulaciones. Sigue caminando, aunque no sabemos hacia dónde ni a qué. El cubretodo que se puso antes de salir de su casa nos impide ver qué trae debajo, pero en definitiva lleva algo consigo: un bulto a su costado izquierdo lo denota. Saca un paquete de cigarros, del bolsillo derecho, y le cuesta trabajo encender uno debido a la lluvia. Otro gesto de repulsión. Cipriano maldice. Maldice a la lluvia, a la noche, a la pendiente pronunciada que está recorriendo. Hasta ahora nos cuesta un poco de trabajo entender por qué Cipriano se despertó tan de madrugada, aún sabiendo que llovía ─llueve─, a no ser que se dirija hacia un rancho lejano a trabajar, pero por lo que se ve no va hacia el valle, sino a la sierra. Puede ser que Cipriano trabaje en un aserradero, puede ser. Se acerca a una casa que está al final del pueblo. Se agacha y coge una piedra, la arroja hacia la puerta, se limpia el lodo de su mano derecha en el cubretodo, confirmamos su desagrado a la lluvia ─pudiera ser que también a la noche, o a la desmañanada─. Espera unos segundos. Coge otra piedra y la arroja al tiempo que pronuncia dos nombres, Toño, Jelipe. Cipriano está enojado, no le gusta esperar. Toño y Jelipe salen. No saludan, no le hacen ninguna seña a Cipriano, el cual, con el rostro empapado y el ceño fruncido, exclama: "Con una Chingada, ustedes..." Toman el rumbo hacia la sierra. Por lo que apreciamos, los tres caminan sin caminar, fuman sin fumar. Es como la respiración, se produce sin pensar. No sabemos en qué piensan. Tal vez ni estén pensando, simplemente van con la inercia. Pudiera ser que día tras día, al no hacer cambios, invariablemente se cae en la rutina, en sus caras de hastío se les ve. Llegan, después de caminar sin caminar, a un paraje donde se localiza un tractor. Aquí, Cipriano nos cambia el pensamiento. Llegamos a imaginar que Cipriano es un leñador, o que trabaja en un aserradero, pero el tractor nos devuelve al estereotipo de campesino, solo que aquí entra otra duda: las lluvias. No es tiempo de arado, como tampoco es tiempo de cosecha. Habrá que ver el uso del tractor. Quizás nos estemos aventurando mucho. El tractor es simple y sencillamente un medio de transporte. Quizás. Los tres se suben a la maquina de uso agrícola. Jelipe o Toño, no sabemos cuál es cuál, maneja. A Cipriano, que va sentado detrás, le molesta el bulto que trae a su costado izquierdo. No es que hubiéramos interceptado los pensamientos de Cipriano, sino que la cara húmeda de descontento, y el continuo acomodo y reacomodo de su costado izquierdo nos lo indica. Llegan a una intersección con la carretera. Jelipe o Toño, no sabemos cuál, detiene el tractor. Los tres, como si fueran autómatas, realizan diferentes actos. Cipriano sustrae del tractor unas cuerdas y se las avienta a uno de los dos, Jelipetoño, o Toñojelipe. Éste las recoge y con ellas amarra unos troncos, mientras que el otro pone en reversa el tractor. Aquí de nuevo se nos viene a la mente el trabajo de estos tres: leñadores. Pero son solo especulaciones. Cipriano le grita al del tractor, "Muévelo, dale... dale, ya saliste". El tractor avanza unos metros sobre la carretera para detenerse justo treinta metros antes de una curva. Cipriano y el otro, van detrás de él. Colocan los troncos sobre el asfalto. Los acomodan atravesados para impedir el paso de cualquier vehículo de motor. Cipriano, Jelipe y Toño se sientan sobre los troncos. Cipriano saca de su costado izquierdo un arma, una escopeta recortada. Cipriano, fumando y bajo la lluvia, está esperando el primer par de luces que den vuelta por aquella curva.

Carlos Martín
Julio 2003

Camposanto


El mío no es el lenguaje de la muerte. En los veinte años respetando la rutina me he detenido un instante, uno solo, a meditar al respecto. Solo una vez en dos décadas parecerá una exageración pero, cuando se guarda un cementerio, el tiempo falla terriblemente en su tarea impositiva. Hace tanto que dejaron de importarme los días de la semana pues, quedándose el tiempo esperando en el umbral del camposanto, un día es idéntico al anterior y presagia con asombrosa exactitud cómo será el siguiente. Incluso olvidé los nombres de los meses.

La gente viene a demostrar su aparente afecto hacia los partidos. Me atrevo a llamarles apariencias pues se trata de una linda puesta en escena. El duelo y lamento a la pérdida mediada por la reunión de quienes en vida le conocieran se diluye con los días idénticos de los anteriores. Gran parte de mi trabajo es hacerle compañía a los olvidados. A aquellos cuyas lápidas yacen sobre el muerto y no a manera de cabecera, que es como deberían. Dolía ver que los familiares descansaran la pesada losa sobre un amado como rogándole no volver de la muerte para atormentar sus enclenques existencias. Que les deje vivir en vez de asistirnos o aconsejarnos ya adelantados en la carrera de vida.
Es evidente que la gente que puede diferenciar el día de hoy del de mañana basada en su agenda no tiene idea de la ceremonia que atestigua. Esa es la palabra, atestigua. Si tuvieran poco de interés podría llamarse participantes y, resulta para mí, la perfecta analogía de vida. La mayoría de las personas atestiguan su existencia sin importarles un diablo aún cuando el ejemplo mortal les es expuesto crudo y diáfano. Muy pocos son participantes; y, serán a caso menos quienes despierten del trance del testigo cuando un entierro no puede abrirle los ojos; cuando lloran sin autenticidad, sometidos por voluntad propia a una norma de vestido ridícula intentando demostrar su respeto. Lo único que demuestran es ignorancia al prestarse como testigos aparentando participar en la linda puesta en escena de la cual hoy me ha tocado el papel estelar.
Éste fue único día, en veinte años velando el último jardín, en que medité a cerca de lo caro que es vivir y lo ridículo que es morir.

Me declaro en huelga: si no hay nuevo estilo visual de blog, no escribiré más.
Me declaro complaciente: en caso de haber cambio, permitiré comentarios.

LO SIENTO PERO...

Esperaba escribir un buen relato para ustedes.

Lamentablemente, no se me ocurre ninguna idea.



Agradeciendo su comprensión y esperando hacer algo para apalear la espera, se despide atentamente.





Luis Torres

Insatisfacción crónica

“Tristeza no tiene fin, la felicidad si…”

Quizás me empeño en hacer parecer mi vida una tragedia, igual que las canciones que canto.

No recuerdo que haya existido un parte aguas en mi vida que me hubiera hecho ser parte de la música, siempre melancólica y callada, prefería imaginarme girando mientras escuchaba las piezas de jazz con uno de mis tíos. Y cantar, pues todos cantaban en la casa, mi papa tomaba su guitarra y pasaba tardes cantando con mi mamá.

Lo que si era un martirio era cuando íbamos a reuniones a otras casas, mi papa llevaba su guitarra y a media fiesta nos hacían montar el numerito que teníamos mis hermanos y yo, una canción a varias voces, yo adoraba que me viera la gente, pero conforme crecimos mis hermanos se fueron escabullendo para no hacer mas ese ridículo, y solo yo seguí, aún cuando toda esa gente fuera de la edad de mis papas.

Ahora que lo recuerdo me parece tan lejano que hasta dudo si en verdad pasó. Las cosas se están poniendo un poco complicadas, sé que la belleza no durará siempre, pero ha dejado de preocuparme, me entristece más darme cuenta que han pasado los años y continuo con la insatisfacción de no encontrar lo que quiero.
Cada noche que me preparo para salir a cantar, es como un ritual, adoro ser mujer, nunca fui feminista, cada quien que asuma su papel, y a mi me gusta serlo, me encanta ver mis curvas cuando me pongo estos vestido entallados que hacen que a los hombres se les abran mas los ojos, me tomo cada segundo de extrema atención para que cada pincelazo de maquillaje en mi cara sea un dramático toque para resaltar mis facciones, no quiero ponerme una mascara tampoco, porque mis labios solo necesitan un poco de color y unos toques de brillo para seducir a cualquiera de los que afuera están sentados.

Pero lo que mas me gusta de esto que hago, es salir y actuarle a ese publico, cada una de las canciones que les regalo, canciones de dolor, de amores fallidos, de notas de blues, azules y melancólicas, depresivas y tristes, iguales que yo.
Y me gusta que me vean, que el primer impacto de verme salir al escenario termine en segundo plano cuando escuchan la primer nota salir de mi boca, de escuchar las historias de cruda realidad. Si, es triste, pero aquí la gente parece que viene a entristecerse, otros vienen a ver que sacan, porque normalmente cuando llego de regreso a mi camerino, este esta invadido regalos y flores con invitaciones para salir. Y a mi me gusta aceptar, porque si me preguntan que quiero, la respuesta es muy simple, no lo sé. Por eso tengo que buscar.

Y me la paso buscando, con esa notas de blues en mi cabeza, en cada uno de los que me pretenden, buena no soy, y me gusta burlarme y jugar con ellos, de alguna manera les divierte, pero eso me aburre todavía más, e insatisfecha me alejo de sus vidas, eso es lo que mejor me sale, sin temor alguno siempre tomo mis cosas y me escapo de donde ya no quiero estar.

Una noche cantando en el bar, lo ví, con su aire de hombre malo, yo jure que haría sacarle una mirada tierna y de amor dedicada para mi. Y me enrede en él, asumiendo que sufrir es parte innegable de las grandes pasiones, orgullosa de mi tolerancia para aguantar pacientemente sus muestras de desamor, atenta de lograr tenerlo rendido en mis brazos cada vez que le demostraba el deseo que me hacia sentir, y al final, embriagarlo con ese canto, solo para él, cada madrugada que nos abrazábamos rendidos.

Y lo logre, como logro casi todo lo que me propongo, tuve a ese hombre ahí, rendido ante mi amor, cada noche viéndome salir a cantar al escenario, y por unos momentos supe lo que era la felicididad.
Pero como siempre me pasa, me di cuenta que no había nada que me hiciera embriagarme mas de éxtasis que salir a interpretar todo lo que tengo guardado aquí en el corazón, y que no encuentra fuga o sosiego, y ahí descubrí que lo que yo tenia con ese hombre malo pero redimido ante mi, simplemente no era lo que yo quería.

Ahora estoy sola otra vez, no me asusto irme, como siempre, lo que tengo claro ahora es aceptar que sufro de insatisfacción crónica, y que todavía no descubro que es lo que quiero.

Quizás solo sea cantar.

Il pagliaccio.

Hola, soy Cebollita, el payaso más guapo y carismático del mundo y este es lo que pasa en uno de mis días (De trabajo, no mamen).
Trabajo en el circo Royal, todas las mañanas sin excepción me despierta el sonido de las fuentes de poder y el carro del sonido que a lo lejos se escucha algo así:
¡Papás, traigan a sus hijos, hijos, traigan a sus papás, al gran Royal circus!
Después de eso acompaño a Juan del diablo y a Camilito al mercado por el desayuno, normalmente compramos decenas de teleras para hacer tortas, o a veces tres docenas de huevos, dependiendo del dinero que nos de Don Hernández, el hijo y heredero de Don Amado, presentador y fundador del circo allá por los 30’s, cuando El Royal era el mejor circo.
Una vez desayunado, me escapo con Dulcinea, mi novia, quien es trapecista del circo, nos damos unos chicos besotes con los Elefantes, Camellos y Caballitos como testigos, nos hemos dado cuenta de que les gusta vernos.
Después de eso tengo que alimentar a Juana, Mimí y Augusto (Paquidermus enormus arrugadus) y a Cheetara, Reyna y Ricardo (Leonus cabronus asesinus), Cheetara está quedando rete bonita, después de la sarna de la que fue víctima, su pelaje vuelve a estar suavecito y pachoncita.
La jornada continua, barrer las gradas, echar aserrín en los pasillos y pistas, preparar el vestuario y revisar los amarres del trapecio, aquí si debo echarle ganas, si no me quedo como payaso sin circo y eso del que el show debe continuar pierde todo sentido.
Después viene la hora de alistarse para la primera función, me meto a mi camerino, junto a Juan del diablo y Camilito, es hora de ponernos más guapos todavía, saco de mi buró el estuche de maquillaje que usamos para cubrir nuestros rostros, Camilito va por nuestros trajes para revisar que no tengan desperfectos, y Juan del diablo limpia nuestros enormes zapatos, y la primera llamada hace su aparición.
De niño siempre veía a mi tío Chaparrín aplicar el maquillaje a sus colegas payasos, desde entonces me enredó el arte de pintar emociones en rostros, y a la fecha mis compañeros payasos me piden que los pinte, y así me encargo de borrar sus emociones propias y crear personalidades chuzcas, torpes y chistosas.
La primera función comienza, Sale Don Juan, presentador, elegante, smokin negro, sombrero de copa y un bastón con el que presenta cada uno de los números. El primero en salir es Esteban, el domador de Leones, es quizás uno de los números que más me gustan y soy un admirador más de Esteban, me llevo muy bien con los mininos, pero por más que intento yo no puedo hacer que salten por aros en llamas y tampoco tengo los gumaros para meter mi cabeza en sus fauces, Que el Dios de los payasos me libre.
Siguen los números animalescos con el show de los elefantes que salen agarrados de sus colitas, llegan a la pista y saludan al público, ese es uno de los momentos más emotivos del espectáculo circense, yo recargado en una cerca los veo con puño en mentón fascinado ante la grandeza de esos chicos animalotes, me olvido por completo que mi tío murió aplastado por un Elefante, conocía a aquel elefante y era uno de los más nobles que he conocido en mi vida, no fue su culpa.
Después el número de los paquidermos termina, entra don Juan y presenta el que a decir de él es su número favorito.

Los payasos.
Y con ustedes, Cebollita, Camilito y Juanito del Diablo.
Inicia la pista chusca y alegre que anuncia nuestra entrada y cruzamos la puerta caminando como solo un payaso con zapatos enormes puede hacerlo, es un momento incomparable, los reflectores, la música de fondo, el silencio de los asistontos asistentes, todo comulga para que yo, un simple ser humano con una pareja de colegas vendamos carcajadas, felicidad momentánea y representemos una válvula de escape para adultos que se olvidan de sus problemas diarios al ver y escuchar las risas de sus hijos, esas por las que trabajan y que tanto adoran, por 15 minutos cada 3 horas soy realmente libre y hago lo que mejor se hacer y olvidarme de todo a mi alrededor- menos de mi Dulcinea-. Hacer reír a la gente.
Termina nuestro número y salimos corriendo como solo un payaso con zapatos enormes puede hacerlo.
Mis colegas se van y yo vuelvo a mi cerca, el siguiente número es el de Dulcinea, y mi payasa alma pende de un hilo cada vez que la veo oscilar de un lado a otro. Siempre que su número termina vuelvo a nacer, por eso soy tan guapo y no envejezco.
Termina su show y vamos a ver a los animalitos, ah y también nos besamos.
Esto se repite por tres veces al día, es exhaustivo, pero no me parece monótono, la gente de circo vive de las carcajadas, alegrías, impresiones y aplausos del respetable público, eso es un incentivo suficiente para hacerlo divertido y emocionante.
Soy Cebollita y así pintan mis días circenses.